Soy el mejor
pintor de la corte. He dado prestigio con mis pinceles a un país, a una época,
he creado un estilo, un movimiento de vocación perdurable en la historia del
arte.
Y ya sólo
quedan cinco minutos para mi final.
Desisto en la
esperanza y subo lentamente los peldaños del patíbulo.
Cuando ya mi
cuello siente la aspereza de la soga y el verdugo se dispone a accionar la
palanca que abrirá la trampilla, veo en una ventana de la torre del castillo a
mi hijo que, a través de sus lágrimas, mira la escena y bosqueja en un papel el
trágico acontecimiento de la muerte de su padre.
Será la
primera gran obra maestra de Wolfgang Van Lyn, el Joven: “La muerte de Wolgang
Van Lyn, el Viejo”.

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