Sabía el nombre de todas las plantas, de todas las
flores, de todos los arbustos y de todos los árboles. Se levantaba al alba y
salía al campo con el hatillo de la comida. Caminaba por riscos y collados, por
bosques y senderos hasta que el crepúsculo le avisaba la hora de vuelta a casa.
Cierto día, mientras estudiaba una flor pequeña y
amarilla que le resultaba muy familiar, no pudo recordar su nombre y, más
asombrado que triste, regresó a su hogar. Al siguiente día le ocurrió lo mismo
con una temblorosa flor azul y al otro con un espinoso y grisáceo arbusto. Cada
día iba olvidando el nombre de un árbol, de un matorral, de una seta. Al cabo
de muchos meses, por fin llegó a olvidar todos los nombres del reino vegetal.
Pronto le sucedió lo mismo con el reino animal e incluso con el reino mineral.
Llegó a olvidar el nombre de todas las cosas de la creación. Olvidó su nombre y
hasta el nombre de Dios.
Tampoco sabía cómo nombrar el perfecto estado de
paz interior, de armonía y felicidad que sentía.
Un día de primavera lo hallaron
muerto en un prado cubierto de …, no recuerdo bien cómo se llaman esas flores
pequeñas y amarillas, amapolas, creo, no, no, lirios, eso es, lirios, o quizás…

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