Las
imágenes que vemos durante la inmersión submarina no son tan ricas en colores
como suponemos al observar los documentales de televisión. Con un equipo normal
de submarinismo, el mundo bajo las aguas es sórdido, oscuro, musgoso y opaco.
Por ello me llamó la atención aquel resplandor escarlata que llameaba cerca de
mí, un prodigio de rojos intensos que desbancaba cualquier idea que pudiera
tener de un arrecife de coral. Acudí con presteza hacia aquel destello carmesí,
intentando comunicar a mi compañero el feliz hallazgo. Pero no lo hallé cerca
de mí. Luego, me fui encontrando con él poco a poco; primero una pierna, luego
un brazo, más tarde media cara… Evidentemente faltaban muchas piezas para
completar el puzzle del cuerpo de mi amigo. Probablemente aquel tiburón, cuya
sombra alcancé a divisar sobre mi cabeza, pudiera completar el rompecabezas.
Es, por tanto, muy interesante, yo diría incluso fascinante, el fenómeno cromático
que se establece de la unión entre los grandes escualos y los seres humanos
bajo el mar, sin lugar a dudas.

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