Todos los días se abría el banco a las ocho de la
mañana.
El plan estaba diseñado hasta el último detalle.
Nada podía fallar.
Pero falló.
¿Cómo iba a imaginar que aquel cinco de mayo, a
las siete horas cincuenta y nueve minutos se le ocurriría a Dios organizar los
actos del Día del Juicio Final y del Fin del Mundo?

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