En la mano
tenía el corazón perfectamente diseccionado de un hombre adulto. Podía observar
nítidamente sus cavidades, los orificios de salida y entrada de arterias y
venas, sus válvulas. El vapor de formol me hacía lagrimear y una sensación
difícil de describir se apoderaba de mí en aquella sala fría y blanca, llena de
mesas de mármol gris a las que rodeábamos grupos de jóvenes estudiantes de
medicina.
Poco después,
en el café que lindaba con el departamento anatómico, todavía sentía aquella
sensación opresiva que me invadió al sostener en mi mano la víscera cardiaca de
aquel hombre anónimo e inexistente.
Fue entonces
cuando otra sensación, más física que la anterior, se me hizo patente en la
nuca: la seguridad de una mirada clavándose con tal intensidad que me hizo
volver la cabeza como si me hubieran golpeado en el cuello. La mirada nacía en
unos ojos opacos, dentro de una cara curtida en la miseria que me sonrió con la
maldad insana de la vida marginal. Al poco, el hombre se levantó y salió a la
calle acercándose por fuera al cristal junto al que estaba mi mesa. Me volvió a
mirar y sonrió de nuevo mientras su mano desabrochaba el raído gabán.
En su pecho, una espantosa
oquedad grumosa y sanguinolenta me heló el semblante para el resto de mis días.

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