En el bar había diez o doce personas y todas ellas
eran ciegas, incluido el camarero.
Al entrar no se fijó, sólo se percató cuando la
barra quedo anegada de whisky al servirle la copa el camarero ciego.
A más de ciegos parecían mudos aquellos
parroquianos; nadie se dirigía la palabra. Bebían como autómatas una tras otra
sus copas de licor. Y cada diez minutos, con perfecta exactitud, reían de forma
estentórea y al unísono durante unos segundos para luego callar de manera
brusca y seguir bebiendo acompasadamente. El espectáculo lo fascinó lo
suficiente para permanecer allí unas dos horas.
Al despertar de la anestesia sólo pudo ver una
intensa luz amarilla que nacía en su interior. Su retina no pudo ser prendida y
el nervio óptico se hallaba afectado de manera irreversible.
Seis semanas de desesperación después se
encontraba lo suficientemente hábil como para atreverse a deambular por las
calles adyacentes a su casa. Ya en el bar, tomaba uno tras otro los tragos de
whisky necesarios para poder reírse de sí mismo y de su trágica situación.
La luz amarilla seguía alumbrando su interior con
una persistencia continua, tan sólo velada al final de la jornada por una
vaporosa niebla de alcohol.

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