viernes, 13 de marzo de 2015

72. Una luz amarilla


En el bar había diez o doce personas y todas ellas eran ciegas, incluido el camarero.

Al entrar no se fijó, sólo se percató cuando la barra quedo anegada de whisky al servirle la copa el camarero ciego.

A más de ciegos parecían mudos aquellos parroquianos; nadie se dirigía la palabra. Bebían como autómatas una tras otra sus copas de licor. Y cada diez minutos, con perfecta exactitud, reían de forma estentórea y al unísono durante unos segundos para luego callar de manera brusca y seguir bebiendo acompasadamente. El espectáculo lo fascinó lo suficiente para permanecer allí unas dos horas.

Al despertar de la anestesia sólo pudo ver una intensa luz amarilla que nacía en su interior. Su retina no pudo ser prendida y el nervio óptico se hallaba afectado de manera irreversible.

Seis semanas de desesperación después se encontraba lo suficientemente hábil como para atreverse a deambular por las calles adyacentes a su casa. Ya en el bar, tomaba uno tras otro los tragos de whisky necesarios para poder reírse de sí mismo y de su trágica situación.


La luz amarilla seguía alumbrando su interior con una persistencia continua, tan sólo velada al final de la jornada por una vaporosa niebla de alcohol.





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