El inspector sacó su pipa y la colmó del tabaco
que su primo Thomas, de Salisbury, le mandaba cada dos meses. El diamante
desaparecido en la mansión Hartfield le daría muchos quebraderos de cabeza y no
sabía por dónde ni cómo empezar la investigación. Saberse tan incompetente
nunca le había causado excesivo desasosiego. Era diestro en el arte de la
componenda, de la derivación de responsabilidades, del aparentar que todo está
bajo control. También la suerte le había sido favorable en muchos casos. Con el
paso de los años, en definitiva, había conseguido hacer de la inoperancia, de
la ineficacia, un mimbre útil y aparente para hacer un cesto que sugiriera
solidez y profesionalidad. En la investigación de la piedra desaparecida,
¿sería puesta en evidencia y al descubierto su verdadera capacidad? Caminando
por un sendero del jardín francés que protegía y engalanaba la casa de la
familia Hartfield, con cara reflexiva y concentrada, el inspector se detuvo
ante un pequeño barracón, quizás un cobertizo para guardar las herramientas del
jardinero y, adentrándose en él, lo consideró un buen lugar para encender su
pipa sin la injerencia del viento que soplaba algo insolente por entre los
parterres de rosales y tuyas.
La explosión del pequeño polvorín se oyó en todo
el condado.
Cuando hallaron el cuerpo del inspector su pipa
señalaba un pequeño cofre con las iniciales grabadas del sobrino de Lord
Hartfield bajo una de las cajas de pólvora que no habían explosionado.
Allí estaba la preciada gema de la familia.
El inspector fue condecorado a
título póstumo y a su entierro acudieron una multitud de personalidades que
entre compungidas y atónitas por el luctuoso suceso, no dejaban de alabar la
soberbia pericia y la perspicacia sin cuento que adornaron hasta el último
momento el instinto profesional del añorado funcionario de Scotland Yard.

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