domingo, 22 de marzo de 2015

87. El inspector


El inspector sacó su pipa y la colmó del tabaco que su primo Thomas, de Salisbury, le mandaba cada dos meses. El diamante desaparecido en la mansión Hartfield le daría muchos quebraderos de cabeza y no sabía por dónde ni cómo empezar la investigación. Saberse tan incompetente nunca le había causado excesivo desasosiego. Era diestro en el arte de la componenda, de la derivación de responsabilidades, del aparentar que todo está bajo control. También la suerte le había sido favorable en muchos casos. Con el paso de los años, en definitiva, había conseguido hacer de la inoperancia, de la ineficacia, un mimbre útil y aparente para hacer un cesto que sugiriera solidez y profesionalidad. En la investigación de la piedra desaparecida, ¿sería puesta en evidencia y al descubierto su verdadera capacidad? Caminando por un sendero del jardín francés que protegía y engalanaba la casa de la familia Hartfield, con cara reflexiva y concentrada, el inspector se detuvo ante un pequeño barracón, quizás un cobertizo para guardar las herramientas del jardinero y, adentrándose en él, lo consideró un buen lugar para encender su pipa sin la injerencia del viento que soplaba algo insolente por entre los parterres de rosales y tuyas.

La explosión del pequeño polvorín se oyó en todo el condado.

Cuando hallaron el cuerpo del inspector su pipa señalaba un pequeño cofre con las iniciales grabadas del sobrino de Lord Hartfield bajo una de las cajas de pólvora que no habían explosionado.

Allí estaba la preciada gema de la familia.

El inspector fue condecorado a título póstumo y a su entierro acudieron una multitud de personalidades que entre compungidas y atónitas por el luctuoso suceso, no dejaban de alabar la soberbia pericia y la perspicacia sin cuento que adornaron hasta el último momento el instinto profesional del añorado funcionario de Scotland Yard.





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