Se hallaba en la ciudad alemana de Dresde en 1945
el día del histórico bombardeo.
Fue uno de los pocos supervivientes del naufragio
del Queen Mary.
Y casi se lo llevan las llamas el día del incendio
del teatro Variedades en Madrid.
Hoy, casi centenario, acude a recoger el Premio
Nacional de Periodismo por su ingente y valiosa obra en el campo de la
información como corresponsal en incontables conflictos bélicos, también como
articulista de aguzadísimo ingenio, pródigo ensayista y muy notable narrador.
Un hombre de éxito y también, por qué no decirlo,
un hombre de suerte.
El mundo siempre fue para él un lugar en el que
todos sufren, donde todos lloran, mueren…, todos menos él. Toda su vida
diseccionó, día a día, el horror que le causa el hombre a los demás hombres,
las más grotescas y obscenas maneras de sufrimiento que la humanidad inventa
para la consecución de sus objetivos. En toda esa macabra realidad él siempre
salía inmaculado e indemne.
Todos estos pensamientos lo iban acompañando en el
trayecto desde su casa en la sierra hasta Madrid, a donde se dirigía para
recoger su merecido galardón y antes de sobrevenirle la espantosa muerte que le
estaba aguardando en una cerrada curva que bordea un estrecho y casi inadvertido
barranco.
Al fondo de la estrecha sima fue a parar,
aprisionado entre hierros retorcidos, ocultado por la espesa vegetación, a su
lado el cadáver del chofer y los restos del coche ardiendo, poco a poco, sin
explosionar, fundiéndose los materiales en un infernal horno lento y
progresivo.
A las seis horas de lacerante
agonía expiró nuestro hombre, conocedor ya en propia carne de la experiencia
trágica de la vida, un premio muy diferente del que le esperaba en el día de
hoy, pero todo conocimiento y toda experiencia no dejan de ser el tesoro más
valioso a que pueden aspirar en vida los seres humanos.

No hay comentarios:
Publicar un comentario