Bajo las ruinas de la parte sur de la mezquita
pudo encontrar refugio mientras los aviones israelíes dejaban caer sus bombas
por los alrededores. Rogó a Alá y a su profeta Mahoma que aquel infierno
acabase pronto.
Mientras tanto, en la ciudad, a pocos metros de un
autobús calcinado, otro hombre daba gracias a Yahvé por haber salido indemne
del atentado suicida.
También, en ese mismo instante, los dos sacerdotes
católicos secuestrados hacía dos semanas pedían socorro a Dios en sus oraciones
para que el grupo fundamentalista que los tenían retenidos no cumpliera sus
amenazas de ejecutarlos.
Todo ello ocurría en un lugar de dimensiones
geográficas reducidas, apenas unas pocas decenas de kilómetros cuadrados.
Muy lejos de allí, en una pequeña
isla en el sur de la
Micronesia llamada Ghai, vive una tribu, los Hainú, cuyo
dios, Vagu es el único y verdadero Dios. Es poderoso en bondad y sabiduría. Los
que creen en él no sufren, no conocen el rencor ni el odio, gozan del amor de
Vagu y viven en un estado de completa felicidad y armonía, porque Vagu es amor
y porque Vagu ama a los Hainú, su pueblo.

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