Dentro del enjambre en vuelo, una abeja como yo se
siente segura, aunque no sepa bien hacia dónde se dirige el numeroso y compacto
grupo. Seremos más o menos unas setecientas. Mis compañeras más cercanas
tampoco conocen nuestro destino, pero el conjunto, el enjambre en sí funciona
con determinación y autonomía, valedor de un secreto que sus partes desconocen.
Salimos del panal hace dos horas, hemos cruzado
campos de amapolas, hemos oteado arbustos de lavanda, de genista, de genciana,
flores de romero, pero no nos detenemos a libar su polen ni a descansar entre
los acogedores pétalos y pistilos, persistimos en un vuelo juguetón y rasante
dejando abandonadas las miles de flores de esta restallante primavera de aromas
y colores.
Allá abajo distingo las figuras de un hombre y un
niño que con su manita nos señala alborozado y algo temeroso, mientras que con
la otra se agarra a la pernera del pantalón de su padre.
Tras este encuentro fortuito giramos y todas nos
volvemos al panal.
Yo no sé si los seres vivos somos
protagonistas de nuestras vidas, lo que sí sé desde hoy es que, a veces,
formamos sólo parte del decorado de la vida de los demás, y este pensamiento,
no sé por qué, me hace sentirme bien, me hace sentirme útil, sabia y feliz.

No hay comentarios:
Publicar un comentario