sábado, 21 de marzo de 2015

78. Autobuses


No lo suelo hacer. Para decir la verdad, nunca lo he hecho, pero aquella chica del autobús me descompuso el alma en un segundo. Su piel morena, sin mácula, su boca fresca, su pelo frondoso y tierno, su cuerpo goloso, pero sobre todo sus nalgas, apenas veladas por un vestido de una tela ligera y sutil que sugerían más que cubrían, aquellos suntuosos hemisferios de su grupa…

Poco a poco me dejé deslizar con disimulo torpe hacia su retaguardia.

Poco a poco mi brazo, falsamente distraído, lo iba dejando acercarse a su cuerpo y más exactamente a esa parte de su cuerpo que me estaba volviendo loco.

Mi mano se encrespaba, se erizaba el vello de mi brazo, sentía la garganta seca y mis sienes galopaban en latidos de lujuria infantil.

Quedaban escasos centímetros para el roce exquisito. Nadie miraba y mi maniobra sería para ella tan sólo una fricción accidental del vaivén del autobús.

Llegaba una curva que, al obligar al conductor a pisar el freno, excusaría el contacto fortuito y, con ello, yo llegaría a un éxtasis supremo.

Un instante antes de la curva, sin embargo, sentí que una mano agarraba y apretaba mi culo, la mano de un hombre viejo y pelirrojo que, cuando giré bruscamente la cabeza, fruncía sus labios en un mohín besucón que acompañaba de un sugerente guiño de su ojo izquierdo.





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