No lo suelo hacer. Para decir la verdad, nunca lo
he hecho, pero aquella chica del autobús me descompuso el alma en un segundo.
Su piel morena, sin mácula, su boca fresca, su pelo frondoso y tierno, su
cuerpo goloso, pero sobre todo sus nalgas, apenas veladas por un vestido de una
tela ligera y sutil que sugerían más que cubrían, aquellos suntuosos
hemisferios de su grupa…
Poco a poco me dejé deslizar con disimulo torpe
hacia su retaguardia.
Poco a poco mi brazo, falsamente distraído, lo iba
dejando acercarse a su cuerpo y más exactamente a esa parte de su cuerpo que me
estaba volviendo loco.
Mi mano se encrespaba, se erizaba el vello de mi
brazo, sentía la garganta seca y mis sienes galopaban en latidos de lujuria
infantil.
Quedaban escasos centímetros para el roce
exquisito. Nadie miraba y mi maniobra sería para ella tan sólo una fricción
accidental del vaivén del autobús.
Llegaba una curva que, al obligar al conductor a
pisar el freno, excusaría el contacto fortuito y, con ello, yo llegaría a un
éxtasis supremo.
Un instante antes de la curva,
sin embargo, sentí que una mano agarraba y apretaba mi culo, la mano de un
hombre viejo y pelirrojo que, cuando giré bruscamente la cabeza, fruncía sus
labios en un mohín besucón que acompañaba de un sugerente guiño de su ojo
izquierdo.

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