…y la lánguida mano acariciaba los sedosos
pliegues de su vaporoso vestido color cielo. Con gracia inaudita aparecían bajo
el borde orillado sus chapines diminutos que como ardillas temerosas asomaban
de la oquedad de su vestido. La luz de la estancia rodeaba los bucles
ingrávidos, luz dorada sobre luz dorada, destello de sus cabellos que enmarcaba
la blanca perla de su tez alabastrina. Sus labios pintaban de carmín el aire y
sus negros ojos ocupaban el alma blanca de los que a su alrededor admiraban
contritos la belleza luminosa de su figura amable y casi sobrenatural.
Su próximo enlace matrimonial con aquel conde
enano, de ojos tan divergentes, de aliento tan hediondo, paralítico cerebral y
baboso impenitente sería el acontecimiento más feliz de su vida. El amor tierno
y profundo que sentía por el informe aristócrata la llevaba en volandas de
ángeles a un estado extático, casi místico.
Cuando un día antes de los
esponsales el conde falleció de un abrupto ataque de clorosis, ella no pudo
soportar su dolor y marchó lejos, bien a su pesar, con un rudo palafrenero de
palacio, alto, de mirada equilibrada, de dulce aliento, dinámico y voraz que la
hizo olvidar, en parte y bien a su pesar, al desdichado y fenecido conde.

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