jueves, 19 de marzo de 2015

77. Doctores


Los murmullos tras la puerta no cesaban: el tumulto cotidiano de gentes que esperaban ser atendidas. Y el médico, en el interior de la consulta, esperando a que el reloj señalara con su timbre la hora de comienzo.

Y la angustia se apoderaba poco a poco de él a medida que la hora se acercaba. A su espalda, la ventana enrejada lo convertía en un prisionero, en un reo de su propio miedo.

Al entrar el primer paciente el médico se derrumbó en un ataque de pánico violento, en un desbordamiento de llanto, lamentos y gritos apenas sofocados.

Cuando se lo llevaron, sedado, semi-inconsciente en aquel furgón acolchado, su mundo pareció quebrarse en mil filamentos de cristal y su cuerpo no volvió a moverse desde entonces, inerme en una silla de ruedas.

Todos los jueves, a primera hora, era llevado a la consulta del psiquiatra para una revisión rutinaria. Su estado de catatonia parecía irreversible, pero el protocolo del sanatorio indicaba la realización de aquellos exámenes semanales.

Los murmullos ante la puerta no cesaban: el tumulto cotidiano de gentes que esperaban ser atendidas. Y el psiquiatra, en el interior de la consulta, esperando a que el reloj señalara con su timbre la hora de comienzo.

Y la angustia se apoderaba poco a poco de él a medida que la hora se acercaba…





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