Los murmullos tras la puerta no cesaban: el
tumulto cotidiano de gentes que esperaban ser atendidas. Y el médico, en el
interior de la consulta, esperando a que el reloj señalara con su timbre la
hora de comienzo.
Y la angustia se apoderaba poco a poco de él a medida
que la hora se acercaba. A su espalda, la ventana enrejada lo convertía en un
prisionero, en un reo de su propio miedo.
Al entrar el primer paciente el médico se derrumbó
en un ataque de pánico violento, en un desbordamiento de llanto, lamentos y
gritos apenas sofocados.
Cuando se lo llevaron, sedado, semi-inconsciente
en aquel furgón acolchado, su mundo pareció quebrarse en mil filamentos de
cristal y su cuerpo no volvió a moverse desde entonces, inerme en una silla de
ruedas.
Todos los jueves, a primera hora, era llevado a la
consulta del psiquiatra para una revisión rutinaria. Su estado de catatonia
parecía irreversible, pero el protocolo del sanatorio indicaba la realización
de aquellos exámenes semanales.
Los murmullos ante la puerta no cesaban: el
tumulto cotidiano de gentes que esperaban ser atendidas. Y el psiquiatra, en el
interior de la consulta, esperando a que el reloj señalara con su timbre la
hora de comienzo.
Y la angustia se apoderaba poco a
poco de él a medida que la hora se acercaba…

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