Esto de los espejos está empezando a ser aburrido.
Una vez vencido el espanto de las primeras
apariciones, la curiosidad posterior satisfecha y el simple divertimento que le
sigue conseguido, deja de ser un suceso ameno y alcanza rápidamente la
monotonía.
Me asomo cada mañana al espejo para afeitarme y
¡zas!, allí está el rostro correspondiente al día de hoy, con vigencia exacta
de veinticuatro horas, hasta que mañana lo releve el siguiente personaje
conocido o desconocido, de aspecto hermoso o atroz, con semblante sano o
enfermizo, con mirada aviesa o bondadosa, sonriente o enojado.
No sé si son símbolos o proyecciones humanas de
mis diferentes estados anímicos, si son simples alucinaciones de una
esquizofrenia limitada, si son certeros fantasmas, verdaderos sucesos
paranormales o qué sé yo, el caso es que ya me aburren.
Veamos cuál es hoy mi reflejo. ¡Qué frío hace hoy
en el pasillo, caramba!
¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡No!
¿Qué está sucediendo? ¿Por qué no hay nadie?
¿Dónde están todos? ¿Por qué no veo ni siquiera mi reflejo? ¿Por qué se nubla
todo? ¿Y este frío que siento en mi interior?
¡Dios! ¡Dios! ¡Ayúdame! ¡Ayúdenme!
¡Tengo frío!
Tengo mucho frío.

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