Aquel turista
era diferente. Aunque se notaba de lejos que era forastero, conversaba con los
lugareños de manera muy familiar y no fotografiaba los monumentos típicos, sino
rincones y parajes oscuros de jardines abandonados o callejuelas sucias y sin
vida. Se desgajaba continuamente del grupo y, a veces, tenían que esperarle
para poder continuar la visita por nuestro pueblo.
A los cien
metros de emprender el camino de regreso hizo parar el autocar y se bajó con
una pequeña mochila a la espalda. Desde entonces nunca volvió a salir del
pueblo, y ya iría para veinte años.
Pero un día,
no hace mucho, se fue a la hora de la siesta, sin decir adiós.
Ahora ya no
vienen turistas. La nueva autovía dejó de lado al pueblo y la estación de tren
la quitaron. Los jóvenes se van y el pueblo muere poco a poco.
Ayer
descubrimos que el turista no se fue. Yacía muerto cerca del vertedero. Le
habían robado su cámara de fotos, la cartera y, de paso, le habían dejado dos
cuchilladas en el pecho.
Se nos acabó
el poco amor que quedaba en el pueblo. Y sin amor, lo mejor es marcharse, a
casa de una hermana en la ciudad, por ejemplo, desde donde esto escribo.

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