martes, 24 de marzo de 2015

99. Literatura europea


“En ‘La transformación’, cuento largo de Kafka, también conocido como ‘La metamorfosis’, se narra la historia de Gregor Samsa, el cual amanece un día convertido en un insecto parecido a un escarabajo. Este personaje es, según la crítica internacional, un trasunto del propio Kafka. Y hasta aquí llegamos hoy; mañana seguiremos con los escritores vieneses de entreguerras, buenas tardes”.

El profesor Kuhn bajó las escaleras del liceo y se encaminó hacia su casa a través de los senderos del parque. El cielo era ya una oscura amalgama de nubes negras que dejaban el ocaso y sus tibias luces en un mero recuerdo. Hacía un viento casi helado y las ramas de los árboles golpeaban en el sombrero del viejo profesor.

Tras de sí, en la vereda solitaria oyó unos pasos. Caminando más deprisa intentaba llegar cuanto antes a la puerta posterior de los jardines cuando un sonido, algo semejante a un gruñido húmedo, le heló la sangre y lo hizo volverse.

El sonido era emitido por un hombre joven tocado con un bombín, alto, de ojos negros penetrantes y fríos. De su boca se precipitaba un hilo de baba negra que acompañaba al horrible gorjeo que paralizaba de miedo al profesor.

Sintiendo un frío interior exasperante se dejó caer en la tierra mientras veía cómo el hombre se aproximaba a él y empezaba a empujarlo y a empujarlo a través de los húmedos caminos cubiertos de hojas secas que, poco a poco, se iban adhiriendo a su cuerpo mezcladas con la negra saliva que el hombre segregaba sobre él sin parar, hasta que sus miembros y todo él quedó inmerso en una viscosa bola de fango que de manera lenta e irremediable le fue asfixiando en una lenta agonía, hasta que expiró su último aliento de vida.


Al día siguiente, la ausencia injustificada en el liceo del profesor Kuhn fue recibida con vítores por los no muy aplicados alumnos de la clase de Literatura Europea. 





98. El huracán


El huracán Willy se aproximaba a la costa con vientos de hasta 240 kilómetros por hora. Las olas comenzaban a romper con furia en los diques de La Habana vieja. Las palmeras batían ya sus troncos con una elasticidad inaudita y las pocas gentes que deambulaban por las calles comenzaban a asustarse y a correr ya de veras.


Yo, en cambio, me hallaba sereno y tranquilo y tal vez no sea lo menos importante para justificar esa calma mía el hecho de que en ese momento me encontrara en Marruecos, pasando unos días de vacaciones y que, una vez finalizados, volvería a Riga, Letonia, en donde son sumamente esporádicos los huracanes tropicales.





97. Aviadores


La Brigada Halcón se reunió, como cada año, en la finca del coronel Bragg, cerca de Sussex. De los treinta y cinco aviadores de la R.A.F. que la formaban en 1943, trece murieron en combate y de los veintidós restantes, los años transcurridos se llevaron a veinte, por lo que este año la reunión anual de Los Halcones se vería reducida a dos excombatientes: el coronel Bragg y Bill Brandford, teniente en sus tiempos de guerra y hábil funcionario del Foreign Office hasta su jubilación.

Los dos viejos pilotos rememoraron en su charla a los compañeros que se fueron y brindaron a su recuerdo. Mrs. Bragg les sirvió el almuerzo en el porche, dejando miradas y sonrisas melancólicas que sólo el teniente Brandford recogía y comprendía.

Cuando la triste reunión terminaba, la mujer del coronel cortó una rosa de su cuidado jardín y se la dio como despedida al teniente. Él, cuando subió al tren, besaba despaciosamente la flor que Enma le había regalado.

Enma.

Ese era el nombre de la mujer que más le amó y a la que más había amado. Y a la que más seguía amando.

Por siempre.

Enma…





96. Anarquía


Bajo la bandera rojinegra el henchido corazón del camarada anarquista Morales desbordaba de felicidad tras haber incendiado el convento de clausura de las Hermanas Trinitarias, en la cuesta de San Benito.

Bajo su brazo llevaba precisamente una pequeña talla policromada de San Benito que mostraba, como prueba emblemática de su hazaña, a los demás camaradas.

Cuando murió, y tras el Juicio Final, fue al infierno, se le condenó por toda la eternidad a llevar colgado del cuello un San Benito policromado y muy pesado.

Moraleja: No es conveniente quemar conventos, ni robar tallas policromadas de San Benito.

Por otro lado, es poco relevante ser anarquista.

Y nada relevante llamarse Morales.





95. Ejercicios de relajación


A través de los altavoces la aterciopelada y sosegante voz, una voz de mujer con un lejano acento de país exótico, iba dando las explicaciones necesarias y pautadas para la realización de los ejercicios de relajación. Una vez finalizados me dirigí a apagar el reproductor, y al contacto de mi dedo índice con el conmutador de encendido-apagado del aparato, una descarga eléctrica recorrió toda la musculatura de mi cuerpo, desde los pequeños músculos de los dedos de mi mano derecha hasta los grupos musculares de mi abdomen y piernas.

Yací muerto en pocos segundos, muerto pero, eso sí, francamente relajado como nunca antes había estado.





94. Best seller


Finalizar un manuscrito de seiscientas páginas y perderlo, olvidándolo en una hamburguesería es una verdadera calamidad para un escritor.

No así para el encargado de dicha hamburguesería, afamado novelista desde entonces que con un solo título en su haber ha sido traducido ya a más de veinte idiomas.





93. La ecuación


Resulta que la incógnita es muy inferior de lo que se esperaría de un planteamiento tan complicado y tan perfecto en cuanto a su diseño matemático. Inferior en cuanto a categoría. Es decir, la incógnita a despejar de una ecuación tan sobrecogedora como ésta ha de estar a la altura de sus premisas lógicas. Dar con la formulación exacta ha costado diez años de ímprobos esfuerzos para que al final x sea igual a 1.

Es absolutamente frustrante.





92. El escritor


Juan era escritor, pero nunca había publicado nada. En realidad nunca había escrito una sola línea en su vida. Pero se sentía y pensaba como un escritor.

Cierto día despertó sin esa sensación de ser un profesional de la palabra escrita y se encontró libre y sosegado como jamás lo estuviera.

Tanta dicha tuvo que compartirla y la volcó sobre los demás en forma de novela, una profunda y humana novela, magnífica, modélica.

Una obra maestra.





91. El atraco


Todos los días se abría el banco a las ocho de la mañana.

El plan estaba diseñado hasta el último detalle.

Nada podía fallar.

Pero falló.

¿Cómo iba a imaginar que aquel cinco de mayo, a las siete horas cincuenta y nueve minutos se le ocurriría a Dios organizar los actos del Día del Juicio Final y del Fin del Mundo?





90. Ecología


Yo soy Sam Harper, el verdugo de la Prisión Federal de San Antonio en el estado de Texas y he aplicado la pena capital a cuarenta y nueve hombres a lo largo de mi vida. Dentro de dos meses tendré derecho a una pensión y me retiraré a una pequeña granja al sur de Huntsville.
Mi nombre es Mary Hodsworth, de soltera Mary Hutchings y fui durante dieciocho años la esposa de Bob Hodsworth, hasta que murió ejecutado en la Prisión Federal de San Antonio, condenado por el asesinato de dos pastores presbiterianos la noche de Halloween de 1963.
Yo soy Hud, el trampero. Voy camino de Laredo para matar a Marc René, un negro de Florida que me estafó tres mil dólares en la venta de unas tierras en Huntsville.
Verdugos, ajusticiados, viudas, asesinos, pastores presbiterianos, tramperos y estafadores conviven aquí en Texas en perfecto equilibrio. El ecosistema tejano alberga una múltiple variedad de especies humanas que se complementan admirablemente en una simbiosis sostenible y perdurable, que nos hace esperanzarnos a todos los tejanos en un futuro más digno, más humano y más solidario.











lunes, 23 de marzo de 2015

89. El amor


…y la lánguida mano acariciaba los sedosos pliegues de su vaporoso vestido color cielo. Con gracia inaudita aparecían bajo el borde orillado sus chapines diminutos que como ardillas temerosas asomaban de la oquedad de su vestido. La luz de la estancia rodeaba los bucles ingrávidos, luz dorada sobre luz dorada, destello de sus cabellos que enmarcaba la blanca perla de su tez alabastrina. Sus labios pintaban de carmín el aire y sus negros ojos ocupaban el alma blanca de los que a su alrededor admiraban contritos la belleza luminosa de su figura amable y casi sobrenatural.

Su próximo enlace matrimonial con aquel conde enano, de ojos tan divergentes, de aliento tan hediondo, paralítico cerebral y baboso impenitente sería el acontecimiento más feliz de su vida. El amor tierno y profundo que sentía por el informe aristócrata la llevaba en volandas de ángeles a un estado extático, casi místico.

Cuando un día antes de los esponsales el conde falleció de un abrupto ataque de clorosis, ella no pudo soportar su dolor y marchó lejos, bien a su pesar, con un rudo palafrenero de palacio, alto, de mirada equilibrada, de dulce aliento, dinámico y voraz que la hizo olvidar, en parte y bien a su pesar, al desdichado y fenecido conde.





domingo, 22 de marzo de 2015

88. Metáforas


El niño del babi a rayas tiró del pelo a la niña del babi azul justo en el instante en que los tanques alemanes cruzaban la frontera de Polonia.

En esto consisten las metáforas, en asociar imágenes, abstracciones, conceptos e ideas de diferente índole con un afán esteticista y ¿por qué no?, artístico.

Es fácil: Polonia sería la niña del babi azul, las tropas del Führer serían el niño del babi a rayas.

Las consecuencias, claro está, no han de ser similares. La niña del babi azul olvidará el incidente, los judíos del gueto de Varsovia, no.

Pero la metáfora subsiste como el hada buena de éste y de todos los cuentos. Al fin y al cabo buscamos siempre un final feliz. Si lo encontramos, comemos perdices y, si no, seguimos y seguiremos alimentándonos de metáforas.





87. El inspector


El inspector sacó su pipa y la colmó del tabaco que su primo Thomas, de Salisbury, le mandaba cada dos meses. El diamante desaparecido en la mansión Hartfield le daría muchos quebraderos de cabeza y no sabía por dónde ni cómo empezar la investigación. Saberse tan incompetente nunca le había causado excesivo desasosiego. Era diestro en el arte de la componenda, de la derivación de responsabilidades, del aparentar que todo está bajo control. También la suerte le había sido favorable en muchos casos. Con el paso de los años, en definitiva, había conseguido hacer de la inoperancia, de la ineficacia, un mimbre útil y aparente para hacer un cesto que sugiriera solidez y profesionalidad. En la investigación de la piedra desaparecida, ¿sería puesta en evidencia y al descubierto su verdadera capacidad? Caminando por un sendero del jardín francés que protegía y engalanaba la casa de la familia Hartfield, con cara reflexiva y concentrada, el inspector se detuvo ante un pequeño barracón, quizás un cobertizo para guardar las herramientas del jardinero y, adentrándose en él, lo consideró un buen lugar para encender su pipa sin la injerencia del viento que soplaba algo insolente por entre los parterres de rosales y tuyas.

La explosión del pequeño polvorín se oyó en todo el condado.

Cuando hallaron el cuerpo del inspector su pipa señalaba un pequeño cofre con las iniciales grabadas del sobrino de Lord Hartfield bajo una de las cajas de pólvora que no habían explosionado.

Allí estaba la preciada gema de la familia.

El inspector fue condecorado a título póstumo y a su entierro acudieron una multitud de personalidades que entre compungidas y atónitas por el luctuoso suceso, no dejaban de alabar la soberbia pericia y la perspicacia sin cuento que adornaron hasta el último momento el instinto profesional del añorado funcionario de Scotland Yard.





86. Las Meninas


Le faltaban sólo tres años para jubilarse.

Treinta años en el Museo del Prado vigilando turistas y atendiendo preguntas.

Cuando lo detuvieron por rajar con una navaja de lado a lado el cuadro de Las Meninas no pudieron observar en él el menor rasgo de locura ni alteración del carácter. “Había que hacerlo”, dijo como única respuesta a la pregunta del porqué de su acción.

Fue condenado y estuvo en prisión el mismo tiempo que tardaron en la restauración del cuadro.

Nada más salir de la cárcel volvió al museo y volvió, esta vez con más saña, a atacar el cuadro de Velázquez utilizando ahora una larga astilla de madera.

Volvió a ser detenido y la condena por reincidencia fue mucho mayor. “Había que hacerlo”, dijo de nuevo.

Cuando fue puesto otra vez en libertad entregó a su editorial los tres volúmenes del mejor tratado crítico que se ha hecho nunca sobre la pintura barroca del Prado.

Esta vez, la tercera, pudo camuflar un pequeño recipiente con gasolina y consiguió quemar las dos terceras partes del lienzo, culminando de esta manera su obra destructiva porque, evidentemente para él, “había que hacerlo”.

Ahora sí, tras el tercer atentado, fue internado en un centro psiquiátrico, aunque los doctores que le atendieron no terminaron de ajustar un diagnóstico ni determinar la pretendida anomalía de su carácter.

Tan sólo era evidente que el cuadro de Las Meninas no era de su agrado.

O ¿tal vez sí?





85. Tesoros


Se hallaba en la ciudad alemana de Dresde en 1945 el día del histórico bombardeo.

Fue uno de los pocos supervivientes del naufragio del Queen Mary.

Y casi se lo llevan las llamas el día del incendio del teatro Variedades en Madrid.

Hoy, casi centenario, acude a recoger el Premio Nacional de Periodismo por su ingente y valiosa obra en el campo de la información como corresponsal en incontables conflictos bélicos, también como articulista de aguzadísimo ingenio, pródigo ensayista y muy notable narrador.

Un hombre de éxito y también, por qué no decirlo, un hombre de suerte.

El mundo siempre fue para él un lugar en el que todos sufren, donde todos lloran, mueren…, todos menos él. Toda su vida diseccionó, día a día, el horror que le causa el hombre a los demás hombres, las más grotescas y obscenas maneras de sufrimiento que la humanidad inventa para la consecución de sus objetivos. En toda esa macabra realidad él siempre salía inmaculado e indemne.

Todos estos pensamientos lo iban acompañando en el trayecto desde su casa en la sierra hasta Madrid, a donde se dirigía para recoger su merecido galardón y antes de sobrevenirle la espantosa muerte que le estaba aguardando en una cerrada curva que bordea un estrecho y casi inadvertido barranco.

Al fondo de la estrecha sima fue a parar, aprisionado entre hierros retorcidos, ocultado por la espesa vegetación, a su lado el cadáver del chofer y los restos del coche ardiendo, poco a poco, sin explosionar, fundiéndose los materiales en un infernal horno lento y progresivo.

A las seis horas de lacerante agonía expiró nuestro hombre, conocedor ya en propia carne de la experiencia trágica de la vida, un premio muy diferente del que le esperaba en el día de hoy, pero todo conocimiento y toda experiencia no dejan de ser el tesoro más valioso a que pueden aspirar en vida los seres humanos.





84. Tatuajes


Dos águilas de cabeza blanca enfrentadas ante los conocidos picachos de Monument Valley bajo un abrumador sol de verano. Así era el tatuaje que estaba a punto de terminar y con el que pensaba ganar el concurso.

Una vez acabado el trabajo, tatuado y tatuador montaron sus viejas Harleys y pusieron rumbo a Tucson, Arizona, por la autopista 61.

El artista se llamaba Skip Hogan y el amigo que ponía la piel de su espalda como un lienzo vivo a su servicio, Lenny Sims.

A medio camino, en Little Rock, dieron cuenta de media docena de cervezas y dos suculentos filetes. De paso, les reventaron la cara a golpes a dos camioneros de Virginia que osaron burlarse del cuerpo tatuado de Lenny.

Antes de llegar a Tucson, fumaron la mariguana que les quedaba y compraron una botella de Jack Daniel’s en un drugstore de las afueras.

El concurso fue televisado por la cadena local y, por supuesto, ganaron el primer premio, gratificado con diez mil dólares. La noche se presentaba eufórica.

De madrugada, Skip y Lenny estacionaron sus motocicletas frente al motel Dugan’s. Dos chicas apuraban sus cigarrillos en el porche contiguo al bungalow que habían alquilado. Ellas les sonrieron, sobre todo al observar que, cuando se metían en la habitación, Skip acariciaba el culo de Jenny mientras éste abría su boca e introducía la lengua en la boca de Skip.





83. Eclipses


El poeta enfebrecido se sumergía en la vorágine apasionada de unos versos incandescentes dedicados a su amada.

Desde su balcón ella lo observaba en el jardín, bajo el florido sicomoro, pluma en mano, el pliego sobre sus rodillas y el tintero en equilibrio inestable sobre un saliente del tronco.

Tres sucesos acontecieron en el instante siguiente:

Una nube oscura veló el sol, dejando la mañana anochecida.

Una ardilla traviesa trepó al sicomoro haciendo derramar el tintero y emborronando el poema inacabado.

Y un velo negro cegó para siempre los negros ojos de la bella del balcón.

La luz que ilumina, la luz creadora y la luz de la mirada: las tres sucumbieron en el instante fatal.

Un triple eclipse cambió sus vidas y sus destinos.

Él jamás volvió a escribir, ella dejó de sonreír y el sicomoro quedó para siempre marcado por unas huellas tintadas de ardilla.

Tan sólo el sol superó triunfante el momento de oscuridad. Tan sólo el sol siguió escribiendo el hermoso poema de la vida, día a día, y siguió iluminando los jardines, los sicomoros, las ardillas e incluso con el paso del tiempo llegó a iluminar a un poeta que camina por un sendero, que susurra al oído y que abraza con ternura infinita a su esposa ciega.





82. Espejos


Esto de los espejos está empezando a ser aburrido.

Una vez vencido el espanto de las primeras apariciones, la curiosidad posterior satisfecha y el simple divertimento que le sigue conseguido, deja de ser un suceso ameno y alcanza rápidamente la monotonía.

Me asomo cada mañana al espejo para afeitarme y ¡zas!, allí está el rostro correspondiente al día de hoy, con vigencia exacta de veinticuatro horas, hasta que mañana lo releve el siguiente personaje conocido o desconocido, de aspecto hermoso o atroz, con semblante sano o enfermizo, con mirada aviesa o bondadosa, sonriente o enojado.

No sé si son símbolos o proyecciones humanas de mis diferentes estados anímicos, si son simples alucinaciones de una esquizofrenia limitada, si son certeros fantasmas, verdaderos sucesos paranormales o qué sé yo, el caso es que ya me aburren.

Veamos cuál es hoy mi reflejo. ¡Qué frío hace hoy en el pasillo, caramba!

¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡No!

¿Qué está sucediendo? ¿Por qué no hay nadie? ¿Dónde están todos? ¿Por qué no veo ni siquiera mi reflejo? ¿Por qué se nubla todo? ¿Y este frío que siento en mi interior?
¡Dios! ¡Dios! ¡Ayúdame! ¡Ayúdenme!

¡Tengo frío!

Tengo mucho frío.





81. Aperitivo


Los ardores le incineraban el estómago en una mañana letal de resaca. “Buena forma de empezar la jubilación, como un viejo borracho”, se dijo en un estado de letargo abúlico y dolorido.

Viudo, sin hijos, sin aficiones ni amigos, también sano y con dinero más que suficiente, pero definitivamente solo.

Se levantó pesadamente de la cama y se duchó. Tomando la segunda taza de café encendió el primer pitillo y luego se sentó frente al televisor mirando su silueta reflejada en la pantalla apagada. Se quedó dormido durante unos minutos, profundamente, hasta que el dolor agudo entre los dedos medio e índice de la mano derecha lo despertó, apagó lo que quedaba del cigarrillo, se desinfectó la quemadura, se vistió y salió a la calle.

Sin nada qué hacer, el tiempo pasaba lentamente, como sus pasos, cada vez más desorientado y devastado por una sensación difícil de definir pero, sin duda, angustiosa, perentoria, desesperada.

En una calle alegre y bulliciosa entró en un bar y pidió un vermut y un pincho de boquerones en vinagre, una mujer le sonrió, la temperatura del local era agradable, era viernes y la luz del día, que amaneció con un cielo encapotado de noviembre, emergía radiante entre dos nubes que se disipaban con elegante parsimonia.





80. Fotografías


Probablemente sea una maldad. Vivo en un piso bajo y he colocado en mis tres grandes ventanales que dan a la calle esos cristales que permiten ver desde dentro hacia fuera, pero no al revés. En ellos se reflejan como en un espejo los viandantes que ignoran que están siendo observados, vigilados, espiados.

A veces, los fotografío, hago colección de imágenes de los diferentes tipos sociales, caras absurdas o extravagantes, tribus urbanas, mujeres atractivas, facciones singulares… Mi colección va engrosando día a día con nuevos elementos, nuevas categorías, nuevas experiencias.

Un día se detuvo frente a una de mis ventanas un hombre joven. Con un fotómetro midió la luz circundante de aquella otoñal mañana. De una bolsa extrajo y armó un trípode fotográfico y a continuación se dispuso con rápidos y profesionales movimientos a tomar varias instantáneas, a diferentes distancias, de mis tres ventanales. Una vez concluido su trabajo, recogió sus instrumentos y ya se disponía a marcharse cuando salí de casa y le insté a que me diera explicaciones de su extraña actividad.

Con exquisita educación me refirió su curiosa afición: coleccionaba imágenes de ventanas tintadas en donde suponía escondido y protegido tras ellas a algún individuo que fotografiaba a la gente que pasaba.


Al día siguiente me mudé a este acogedor ático donde dedico mucho tiempo al cultivo de una bellísima y poco conocida variedad de jacinto brasileño.





sábado, 21 de marzo de 2015

79. Abejas


Dentro del enjambre en vuelo, una abeja como yo se siente segura, aunque no sepa bien hacia dónde se dirige el numeroso y compacto grupo. Seremos más o menos unas setecientas. Mis compañeras más cercanas tampoco conocen nuestro destino, pero el conjunto, el enjambre en sí funciona con determinación y autonomía, valedor de un secreto que sus partes desconocen.

Salimos del panal hace dos horas, hemos cruzado campos de amapolas, hemos oteado arbustos de lavanda, de genista, de genciana, flores de romero, pero no nos detenemos a libar su polen ni a descansar entre los acogedores pétalos y pistilos, persistimos en un vuelo juguetón y rasante dejando abandonadas las miles de flores de esta restallante primavera de aromas y colores.

Allá abajo distingo las figuras de un hombre y un niño que con su manita nos señala alborozado y algo temeroso, mientras que con la otra se agarra a la pernera del pantalón de su padre.

Tras este encuentro fortuito giramos y todas nos volvemos al panal.

Yo no sé si los seres vivos somos protagonistas de nuestras vidas, lo que sí sé desde hoy es que, a veces, formamos sólo parte del decorado de la vida de los demás, y este pensamiento, no sé por qué, me hace sentirme bien, me hace sentirme útil, sabia y feliz.





78. Autobuses


No lo suelo hacer. Para decir la verdad, nunca lo he hecho, pero aquella chica del autobús me descompuso el alma en un segundo. Su piel morena, sin mácula, su boca fresca, su pelo frondoso y tierno, su cuerpo goloso, pero sobre todo sus nalgas, apenas veladas por un vestido de una tela ligera y sutil que sugerían más que cubrían, aquellos suntuosos hemisferios de su grupa…

Poco a poco me dejé deslizar con disimulo torpe hacia su retaguardia.

Poco a poco mi brazo, falsamente distraído, lo iba dejando acercarse a su cuerpo y más exactamente a esa parte de su cuerpo que me estaba volviendo loco.

Mi mano se encrespaba, se erizaba el vello de mi brazo, sentía la garganta seca y mis sienes galopaban en latidos de lujuria infantil.

Quedaban escasos centímetros para el roce exquisito. Nadie miraba y mi maniobra sería para ella tan sólo una fricción accidental del vaivén del autobús.

Llegaba una curva que, al obligar al conductor a pisar el freno, excusaría el contacto fortuito y, con ello, yo llegaría a un éxtasis supremo.

Un instante antes de la curva, sin embargo, sentí que una mano agarraba y apretaba mi culo, la mano de un hombre viejo y pelirrojo que, cuando giré bruscamente la cabeza, fruncía sus labios en un mohín besucón que acompañaba de un sugerente guiño de su ojo izquierdo.





jueves, 19 de marzo de 2015

77. Doctores


Los murmullos tras la puerta no cesaban: el tumulto cotidiano de gentes que esperaban ser atendidas. Y el médico, en el interior de la consulta, esperando a que el reloj señalara con su timbre la hora de comienzo.

Y la angustia se apoderaba poco a poco de él a medida que la hora se acercaba. A su espalda, la ventana enrejada lo convertía en un prisionero, en un reo de su propio miedo.

Al entrar el primer paciente el médico se derrumbó en un ataque de pánico violento, en un desbordamiento de llanto, lamentos y gritos apenas sofocados.

Cuando se lo llevaron, sedado, semi-inconsciente en aquel furgón acolchado, su mundo pareció quebrarse en mil filamentos de cristal y su cuerpo no volvió a moverse desde entonces, inerme en una silla de ruedas.

Todos los jueves, a primera hora, era llevado a la consulta del psiquiatra para una revisión rutinaria. Su estado de catatonia parecía irreversible, pero el protocolo del sanatorio indicaba la realización de aquellos exámenes semanales.

Los murmullos ante la puerta no cesaban: el tumulto cotidiano de gentes que esperaban ser atendidas. Y el psiquiatra, en el interior de la consulta, esperando a que el reloj señalara con su timbre la hora de comienzo.

Y la angustia se apoderaba poco a poco de él a medida que la hora se acercaba…





76. Nombres


Sabía el nombre de todas las plantas, de todas las flores, de todos los arbustos y de todos los árboles. Se levantaba al alba y salía al campo con el hatillo de la comida. Caminaba por riscos y collados, por bosques y senderos hasta que el crepúsculo le avisaba la hora de vuelta a casa.

Cierto día, mientras estudiaba una flor pequeña y amarilla que le resultaba muy familiar, no pudo recordar su nombre y, más asombrado que triste, regresó a su hogar. Al siguiente día le ocurrió lo mismo con una temblorosa flor azul y al otro con un espinoso y grisáceo arbusto. Cada día iba olvidando el nombre de un árbol, de un matorral, de una seta. Al cabo de muchos meses, por fin llegó a olvidar todos los nombres del reino vegetal. Pronto le sucedió lo mismo con el reino animal e incluso con el reino mineral. Llegó a olvidar el nombre de todas las cosas de la creación. Olvidó su nombre y hasta el nombre de Dios.

Tampoco sabía cómo nombrar el perfecto estado de paz interior, de armonía y felicidad que sentía.

Un día de primavera lo hallaron muerto en un prado cubierto de …, no recuerdo bien cómo se llaman esas flores pequeñas y amarillas, amapolas, creo, no, no, lirios, eso es, lirios, o quizás…





75. Mis viejos pacientes


Siempre he pensado que la ancianidad es un estado natural que no ha de cubrir necesariamente con un manto de bondad a la persona que la lleva a cuestas. Los malos sentimientos que pudiera albergar un hombre o una mujer durante las primeras etapas de su vida no tendrían que tender a desaparecer por el hecho simple del transcurso del tiempo.

Tengo tan sólo en mi vida dos enemigos: un matrimonio octogenario que me profesa un desprecio y un odio a prueba de cualquier acercamiento amistoso o tan siquiera humano. Es por ello que, lejos ya de persistir en mis intentos, me propongo dilatar hasta un punto máximo el asco que me provocan estas personas, observando día a día y pormenorizadamente sus deleznables conductas.

Este senescente matrimonio es socialmente inmune, se halla protegido por las instituciones y sus leyes. Si quisieran, podrían matarme sin por ello ir ni un solo día a la cárcel. Serían muy felices si pudieran hacerlo.

Por eso he de adelantarme a ellos, aunque sólo sea por un principio de defensa propia. Soy su médico de cabecera y he realizado algunos cambios en sus tratamientos habituales. Hoy se han despedido al salir de la consulta como siempre, insultándome y poniendo en tela de juicio mi profesionalidad. Se han ido sin sospechar que siguiendo mis terapéuticas indicaciones, ésta ha sido su última visita a mi consulta.

Ojalá nunca descansen en paz.





martes, 17 de marzo de 2015

74. Comanche


Yo, de pequeño, veía un indio sentado en mi cama. No me asustaba, pero conseguía ponerme triste. Ya, de mayor, consigo ponerme triste sin la presencia del indio, aunque con él sentado en mi cama, la tristeza era más entrañable y verdadera.

Un comanche. Era un verdadero indio comanche. Los comanches nunca ríen. Siempre les preocupa el presente. Este indio mío nunca me miraba y nunca se movía. A veces sus plumas vibraban con el viento que entraba por la ventana en las noches de primavera, pero su rostro era siempre de piedra gris.

Lo convoco en alguna noche de insomnio. Su compañía me reconforta con aquella tristeza infantil y familiar, tan diferente de esa otra angustia de los adultos. He comenzado a tomarle afecto. Ya no viene de improviso como durante mi infancia, ahora soy yo quien lo reclama. Su quietud es el reflejo invertido de mi vida. Mientras continúe sentado a los pies de mi cama sé que sigo vivo.

Hoy, en esta sala blanca de hospital también está conmigo, pero esta vez es diferente, una opresión de miedo me va ahogando poco a poco a medida que observo como el indio se levanta despacio, me mira, sonríe y se va caminando hacia la puerta para nunca más volver.