Bajo la bandera rojinegra el henchido corazón del
camarada anarquista Morales desbordaba de felicidad tras haber incendiado el
convento de clausura de las Hermanas Trinitarias, en la cuesta de San Benito.
Bajo su brazo llevaba precisamente una pequeña
talla policromada de San Benito que mostraba, como prueba emblemática de su
hazaña, a los demás camaradas.
Cuando murió, y tras el Juicio Final, fue al
infierno, se le condenó por toda la eternidad a llevar colgado del cuello un
San Benito policromado y muy pesado.
Moraleja: No es conveniente quemar conventos, ni
robar tallas policromadas de San Benito.
Por otro lado, es poco relevante ser anarquista.
Y nada relevante llamarse Morales.

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