sábado, 28 de febrero de 2015

63. Sapos y culebras


En el calor oscuro de la ciénaga, los sapos nos hallamos a nuestras anchas. La humedad es acogedora, el alimento está por doquier, al alcance de la lengua, y nuestros enemigos, aunque numerosos, prefieren piezas más pequeñas; nosotros somos gordos y de sabor amargo, nada apetecibles. Tan solo debemos cuidarnos de la mamba negra, de la que constituimos su plato favorito. Y éste es el hecho en el que estamos y al que voy a referirme en mi relato: me hallo en una pequeña charca rodeado de cuatro mambas negras. Es, bajo toda evidencia, una situación desesperada. Como protagonista de esta pequeña fábula me gustaría sorprenderles con un final inesperado o moralmente edificante, pero lo único que puedo hacer frente a las mambas es hinchar el buche hasta deformarme e intentar asustarlas, pero ya conocen el truco. Esperan hasta que me deshinche, se abalanzan sobre mí y me comen. Ahora, lo único sorprendente es que estén leyendo ustedes las memorias de un sapo amargo devorado por cuatro mambas negras: los sapos muertos no hablan, los sapos muertos no escriben memorias.





62. Petunias


Lograr un híbrido de una petunia es técnicamente fácil, polinizando la petunia receptora, esperando su nueva floración, cultivando la semilla y esperando los resultados con la expectación propia en estos casos.

Pero la Dra. Joanna Mesmer pretendía obtener un híbrido de petunia con la sola fuerza de su mirada y la energía de su corazón.

Preparada concienzudamente se determinó a realizar la experiencia definitiva el día siguiente, al alba, en las mejores condiciones atmosféricas y anímicas posibles.

En aquella blanca petunia convergieron dos fuerzas provenientes una del mar profundo y azul de los ojos y otra del enérgico músculo cardiaco de la audaz investigadora.

Transcurrieron dos horas antes que Joanna sucumbiera desmayada por el esfuerzo sobrehumano.

La experiencia había sido un rotundo fracaso.

En el fanal donde se encontraba cautiva la petunia no se hallaba la iridiscente variedad esperada. Tan solo se veía un pequeño naranjal atravesado por un riachuelo donde unos niños saltaban y jugaban bajo los tiernos rayos del sol.





viernes, 27 de febrero de 2015

61. Libros


Desde muy pequeño robaba libros. Comenzó a la edad de cinco años con aquellos cuentos de quiosco con muchos colorines y formas de conejito, de seta o de margarita. Luego se adentró en claustros más académicos, donde hizo estragos en más de una biblioteca universitaria o pública. Las librerías propiamente dichas comenzaron a verse ultrajadas cuando acabó sus estudios de bachiller. Y ya de adulto, llegó a ser un exquisito coleccionista, un auténtico bibliófilo, pasión que dejó muy deprimida alguna que otra librería de viejo. Jamás en su vida compró un solo ejemplar de su extensa biblioteca. Jamás en su vida leyó ninguno de aquellos libros. La lectura le parecía una absoluta pérdida de tiempo para el ser humano. El hombre era y debía de ser acción, dinamismo, movimiento perpetuo, energía en estado puro. Pero la belleza subyugadora de un libro lo arrebató desde su infancia, y la belleza comprada no es belleza, la belleza, como el amor, debe ser arrebatada y poseída, arrancada, raptada de su dueño natural y contemplada hasta el éxtasis.

Un día, su amor por ellos, por los libros, lo llevó al punto final, al punto sin retorno que tan sólo el fuego es capaz de entablar entre dos amantes.





60. El tenor


Esta noche he cantado de maravilla. Los aplausos del público casi me desbordan de emoción. Si supieran que soy sordo de nacimiento se morirían de incertidumbre. No saben que nunca he oído una sola nota musical, que no sé qué textura tiene el sonido de un oboe o el de una viola. Pero tampoco puedo expresar mi secreto porque soy mudo de nacimiento, aunque todos piensan que soy extremadamente reservado y tímido.

Lanzo mis guturales sonidos de manera aterciopelada, modulada, siempre etéreos y envolventes. Lanzo al ámbito de los mejores liceos del mundo mi insospechada voz de sordomudo genial. Lleno el aire con notas nunca oídas, con vibratos desconocidos, con trémolos angelicales, que dejan atónitos de placer a cuantos me oyen.

¡Ah!, si supieran al fin que quien les canta y les hace felices está completamente loco, que es alguien que cree ser el único cantante lírico sordomudo del mundo, y que cada noche todos ellos tan sólo representan el variopinto decorado de la idea delirante de un disparatado psicótico…

¡Ah!, si supieran, al fin, que quien les canta es tan sólo su propia locura, la locura de creer que yo les canto…





viernes, 20 de febrero de 2015

59. Pateras


De los treinta y nueve que salieron en la patera, sólo llegaron dos, una mujer mayor, casi una anciana, del Senegal y él, del sur de Marruecos, con más de cincuenta años a sus espaldas.

La libertad es patrimonio y derecho de todos, no sólo de los jóvenes, pensaba antes de embarcarse en la trágica aventura.

Las aguas del estrecho devoraron la vida de casi todos sus compañeros. No conocía a ninguno de ellos, tampoco ninguno de ellos había intentado escapar con anterioridad, a excepción de la anciana senegalesa y él mismo que, no sólo lo intentaron, sino que lo consiguieron hacía cerca de cuarenta años, hacia 2004.

Ahora, casi medio siglo después obtenían la libertad por segunda vez en sus vidas haciendo el viaje inverso, de Almería a Marruecos.

La vieja Europa, incendiada una vez más de odios, se deshace entre el fascismo demoledor, la hambruna, el dolor y la miseria. Sólo unos pocos consiguen burlar las fronteras y escapar a través de los poros del terror hacia el continente africano, sólo algunos consiguen llegar a ese lugar oscuro, ancestral y libre de donde el hombre surgió y a donde el hombre desea regresar.





58. El cuervo y la paloma


Érase una vez un cuervo blanco y una paloma negra que, muy tristes, se contemplaban en las aguas de un remanso del río.

No querían que la imagen reflejada fuera así.

Descontentos, volaban muy bajo y sin mirar, avergonzados, a las demás aves del campo. Los cuervos que los sobrevolaban con su altiva negritud y las palomas que lo mismo hacían con su etérea blancura dejaban caer sus risas burlonas sobre las alas de la atribulada pareja que, escondiéndose en el bosque, dormitaban sus complejos en las sombras del follaje.

“Yo no quisiera ser así”, decía el cuervo.

“Yo tampoco quisiera ser como soy”, decía la paloma.

A la noche siguiente pusieron en práctica un notable y asesino plan: la paloma mató a un cuervo, y el cuervo mató a una paloma. Con sus hábiles picos desplumaron los cadáveres y se hicieron, con resina y el plumón arrancado, un bonito disfraz de cuervo, que se puso la paloma y uno de paloma que se puso el cuervo.

Durante un día fueron lo que querían ser.

Luego se suicidaron.





57. El espejo


“Quizás mañana, pero hoy no puedo escribir. No todos los días se está para ello. Estoy nervioso y ya sabes que no me dedico a esto, lo hago por hobby, por hacer algo creativo en mis ratos libres y no estar tirado en un butacón viendo la tele. Sí, sí, no me mires así, ya sé que todo requiere un esfuerzo, pero me gustaría hacer algo que realmente me relajara y no me supusiera una carga de trabajo y angustia. Se supone que es sábado y hay que divertirse, salir, hacer el amor…, así que es justo lo que voy a hacer: salir, tomar unas copas y arrimarme a alguna de las chicas del ‘Tabú’”.

Al apagar la luz del baño dejó muy pensativa a la figura que abandonó en el espejo del armarito encima del lavabo. Cuando a las cuatro horas regresó, la figura lo miró con enfado y algo de desprecio en la mirada. Él intentó hacerla olvidar con su sonrisa melosa de borracho, pero no pudo. La imagen se dio la vuelta y se alejó hacia el fondo del espejo, quizás para no ver cómo vomitaba y se desplomaba en el suelo del baño.

Ciertamente nunca daba la talla frente a aquel escritor del espejo que tanto le exigía y al que tanto comenzaba a amar, o a odiar, o ambas cosas a la vez.





56. El circo


El payaso Jeremías daba unos divertidos volatines en sus actuaciones, hasta que un día se quebró una vértebra y ahora es el que vende las entradas en la taquilla del circo.

Bruno, el que antes las vendía, se marchó con una de las chicas, Irma, que montaba encima de los elefantes.

Jeremías lloraba por su espalda y por la pérdida de su número.

Gunga, el elefante que montaba Irma, lloraba por la marcha de Irma con Bruno.

Ambos querían vengarse: Jeremías, del destino, Gunga, de Bruno.

Pero quiso Dios que sus deseos se cruzaran.

Tan buena amistad surgió entre Jeremías y Gunga, que el elefante hacía todo lo que el antiguo payaso le pedía, y juntos diseñaron un número que les hizo célebres en los mejores circos.


Un día, de paso por una ciudad inhóspita, el circo se detuvo a descansar y en un barucho de las afueras Jeremías reconoció a Irma y al taquillero Bruno, que la chuleaba miserablemente.


Irma quiso escapar, Bruno se lo impidió con violencia y Jeremías lo mató.

Esa noche Gunga hizo el número con Irma sobre su cuello y sonrió desde la pista a Jeremías, agradecido y casi emocionado.





miércoles, 18 de febrero de 2015

55. El triángulo


“A mi marido le pasa igual, Maribel, en cuanto me ve en la cocina con el delantal, no sé qué le entra que me agarra por detrás y que quiere que lo hagamos en ese momento, incluso allí mismo. Le tengo prohibido que entre en la cocina. Yo pensaba que tras el accidente no iba a estar siempre con tanto ímpetu. Cuando voy a ponerle flores y a adecentar un poco el mármol de su tumba se lo digo, aunque, claro está, con buenas palabras. A mí me gusta hacerlo por la mañana, sobre todo los domingos, que tenemos todo el tiempo que queramos. Cuando él viene, de tarde en tarde, al cementerio (por cierto, que cada vez viene menos) le digo lo de los domingos y lo de la cocina, a ver si alguna vez me da gusto. Pero está poco rato, deja el ramo de margaritas sobre mi lápida y se va cabizbajo. A veces, Maribel, creo que tenemos caracteres demasiado diferentes, pero en el fondo lo quiero muchísimo y lo he querido siempre. Por cierto que nunca me has dicho qué hacías tu con él en el coche el día del accidente”.





54. Historia de una monja


Sor Inés de la Concepción no se llamaba así. Su nombre era Ngunde Wani y nació hace veintiocho años en Kenia. Se ordenó a los veintidós y fue enviada a un convento de la vieja Europa, para evitarle los peligros de una guerra civil cerca del poblado donde trabajaba.

Cuando los nazis entraron en la ciudad, arrasaron las iglesias y mataron a muchos religiosos. Ella escapó a través de los bosques y se escondió durante semanas en oscuras oquedades, comió lo que cazaba y bebió agua del río. Fue entonces cuando comenzó a oír las voces sincopadas y familiares de sus antiguos dioses, y no pudo sino hacer con barro dos figurillas semi-humanas y adorarlas y salmodiarlas en su lengua dulce y melodiosa.


Al acabar la contienda mundial, cerca de la frontera entre Francia y Bélgica, en lo que se llamaría la Línea Maginot, empezó a correr la leyenda de la ninfa negra del bosque. Muchos campesinos decían haberla visto. Hablaban de una mujer de ébano, casi desnuda, provista de una especie de lanza hecha con una rama de árbol, que corría y gritaba y lanzaba puñados de tierra al aire en una especie de aquelarre místico y pagano desenfreno.





domingo, 15 de febrero de 2015

53. El último billete


Se metió el segundo pico del día. Le costó la vida punzar la vena que alambreaba por su antebrazo. Dormitando el sueño narcótico se despreocupó de las ratas que hurgaban la bolsa de basura a sus pies. A las dos horas se levantó y compartió dos litronas calientes con los colegas y un polvo frío con una yonqui forastera.

Cada doce horas sentía el arañazo compulsivo del deseo insatisfecho en su cabeza y en su vientre. El último billete para la última dosis y después, ¿qué?, después nada, absolutamente nada. ¿Qué puede haber después del cielo? Nada. Si había que matar para conseguir heroína, se mataba. La única vía de salida para un enfermo terminal como él era romper con toda atadura moral.

Dios no existe, pero el cielo sí.

La última imagen que le quedó grabada en la retina fue la figura de espaldas de la yonqui forastera que, tras degollarlo con un cúter de oreja a oreja, le robó el último billete, aquel con destino a los paraísos celestiales.





52. Venus


No serían las siete y media de la mañana cuando entré al bar de carretera. Destacaban al fondo de la barra tres chicas muy guapas y desenfadadas que reían, fumaban y desentonaban por igual en aquel lugar, donde camioneros y viajantes de comercio paraban a desayunar o a comer al mediodía.

Los hombres en la barra hacían como que no miraban en dirección a donde ellas estaban, pero a todos nos ardía una pequeña cerilla en el estómago y todos deseábamos en nuestra imaginación un acercamiento fortuito y erótico hacia aquel enjambre de cuerpos y colores y sonidos femeninos.

Cuando pagaron y salieron sin mirar a nadie, una de ellas regresó al momento a recoger su móvil olvidado. La abeja sola ya no reía, sus facciones delataban que sentía algo de miedo en aquel panal lleno de zánganos libidinosos. Con torpeza abrió su bolso, guardó el móvil y huyó en dirección a su grupo con excesiva rapidez.

Un aire de relajación inundó el ámbito del bar, incluso se oyeron algunos comentarios y carcajadas.

Con el último sorbo de café seguí mi camino, con la certeza de que la guerra de Venus seguía asolando a la humanidad en cada esquina.





sábado, 14 de febrero de 2015

51. Bailarines


Salía en la escena aquella en que Fred Astaire y Ginger Rogers bailaban el “Cheek to cheeck”, ella con aquel extravagante vestido de flecos y él, como siempre, con su reluciente frac. Detrás de la pareja estelar, otras parejas de figurantes rellenaban el suntuoso decorado blanco para la famosa escena del baile. El moreno de aspecto latino, algo más alto que los demás, era él.

Cuando murió de un ataque cardiaco a los ochenta y cuatro años, lo hizo en una sala de cine donde pasaban viejas películas en blanco y negro de los años treinta. Ocurrió precisamente durante la proyección de aquella película en la que salía detrás de Ginger y Fred, “Sombrero de Copa”, creo recordar que era su título.

Al subir al cielo, lo recibió Mister Astaire. Le dijo que nunca se había llevado bien con Miss Rogers y le pidió un favor: que bailase con ella, si quería, por el resto de la eternidad.

Y así fue. Fred respiró satisfecho y se fue en pos de una chica con unas piernas fabulosas, Cyd Charisse, creo recordar que era su nombre.





50. Niños


El parque temático era más o menos como todos.

Sin embargo era extraño que no hubiera niños.

De las atracciones sólo entraban y salían adultos con las caras sonrientes. Los espectáculos y desfiles eran propios para niños y adolescentes. Yo mismo me hallaba allí disfrutando mientras mis hijos prefirieron ir a casa de unos amigos.

A la salida, niños vestidos de policía intentaban reprimir una manifestación de niños vestidos de obreros de la construcción. Unas niñas pintarrajeadas y vestidas como prostitutas fumaban y miraban desdeñosas la refriega. Calle arriba se veían niños disparando a quemarropa a otros niños que yacían de rodillas con las manos atadas a la espalda.

Volví sobre mis pasos.

En la taquilla del parque solicité una entrada para el día siguiente y me informé sobre el pase de temporada.


La niña que me atendió a través de la ventanilla, jugueteando con el bolígrafo entre los labios,  dejó caer sobre mí, cuando me retiraba, una mirada que me pareció, cuando menos, lasciva.







viernes, 13 de febrero de 2015

49. Modelos


En el primero A de aquel edificio de apartamentos vive una modelo. En el segundo B, una chica joven que anhela ser modelo, y en el tercero C, una mujer que durante su juventud fue modelo.

La modelo del primero nunca quiso serlo, pero su cuerpo y elegancia naturales se lo pusieron en bandeja. La chica del segundo nunca lo será porque su inarmónico cuerpo y la falta de elegancia se lo impedirán siempre. A la mujer del tercero le hubiera gustado que su carrera de modelo hubiera sido más larga, pero su matrimonio detuvo su desarrollo profesional cuando apenas estaba empezando.

En ciertas ocasiones, la casualidad las une a las tres en el ascensor. Tras un saludo y unas miradas corteses la luz del ascensor parpadea y la cabina vibra como si hubiera pasado un fantasma y se hubiera llevado un poco de electricidad.

....Y con esto queda demostrado que la vida de las personas está polarizada según cargas positivas, negativas o neutras, y que estas cargas pueden provocar interacciones de funestas, venturosas o indiferentes consecuencias en el devenir de sus existencias, ya sean éstas desgraciadas, satisfactorias o anodinas.










48. Inventos


“El principio es fácil: golpear con el taco la bola blanca con el punto negro de tal manera que durante su trayecto contacte con la otra bola blanca que no tiene punto negro y con la bola roja, pudiendo tocar o no cualquiera de las bandas durante su recorrido”.

Cerró el volumen segundo de la enciclopedia con el pequeño estruendo —clack— que suelen hacer los volúmenes de las enciclopedias al cerrarse con determinación. Luego se levantó y pisó los papeles de embalaje que circundaban por doquier la mesa verde abierta, con aquella redecilla en su parte central, con aquella pelotita blanca, translúcida, que hacía un pequeño vaivén entre dos palas de madera, forradas de goma.

Luego, aquel artilugio de pesca de bajura inventado por él le hizo millonario. Consistía en una tira de malla verde a la que se adosaba una pelotita blanca para que flotara y dos palas de madera que golpeaban y atrapaban la cabeza del pez.











miércoles, 11 de febrero de 2015

47. Paracaídas


Era mi primer salto. La altura, correcta; el equipo, exhaustivamente revisado; el viento, óptimo; y los ánimos, en su cima de excitación.

A los veinte segundos de haber saltado del avión sujeté con fuerza la anilla de apertura del paracaídas para tirar de ella.

En ese instante algo cruzó por mi mente, algo que me impedía tirar de la anilla.

Los segundos pasaban y la distancia que faltaba para llegar a tierra se iba acortando velozmente.

Pero yo no accionaba el mecanismo de apertura.

Comencé realmente a disfrutar. Comencé realmente a valorar cada fracción de tiempo de mi vida, a vivirla en plenitud. La inminencia del impacto me hacía beber hasta la última gota el cáliz de la efímera existencia.

No obstante, antes del límite, accioné el mecanismo y el paracaídas se abrió.

Después vino el aterrizaje en medio de aquella carretera comarcal, justo en el momento en que circulaba por ella el tractor que pasó sobre mi columna vertebral, quebrándola, y dejándome con esta paraplejia irreversible para el resto de mi vida...

Inmóvil...

Desesperado...


Y sumamente enfadado con el devenir de las cosas...





46. Escarabajos


Hoy he dormido profundamente, como hacía tiempo que no lo hacía. Durante seis horas no he estado en este mundo. Me he despertado descansado y, aunque me he convertido en un escarabajo, no me alarmo, porque debe ser algo natural, quizás mañana me despierte convertido en un escritor que escribe cuentos sobre hombres que despiertan convertidos en escarabajos, o despierte convertido en un hombre que lee cuentos sobre hombres que amanecen convertidos en escritores que escriben cuentos sobre hombres que se convierten en escarabajos. En realidad es la misma cosa e importa lo mismo. Es la magia de enfrentar el mundo cada mañana lo que debe perdurar sin alteraciones. Resucitamos cada mañana de la muerte del sueño. Nos reencarnamos cada día en otra presencia, aunque imaginamos que somos los mismos escarabajos, los mismos hombres, las mismas cornucopias de la casa solariega de los abuelos.





martes, 10 de febrero de 2015

45. Literatura


Se le iban acumulando los libros. El afán por leer se había convertido para él en una dura obsesión. A ello se añadía su exasperante lentitud para la lectura, apenas veinte páginas al día. Sus proyectos se expandían a conocer, al menos en parte, no sólo los diferentes estilos literarios, sino la literatura de todas las épocas y de todas las culturas y países. Llegó incluso a calcular su probable esperanza de vida y los libros que le daría tiempo leer hasta el día de su muerte. Era un número exasperantemente reducido de volúmenes. Debería escoger muy bien a partir de ahora para, al menos, llevarse lo esencial de la literatura al más allá

Un día se cruzó en el pasillo de su casa con un joven de ojos azules que le resultó vagamente familiar; llevaba un libro bajo el brazo, él le preguntó por el título y el muchacho, tomando el libro, se lo ofreció.

Era un libro blanco, sin título, con todas las páginas también en blanco.

Luego se despertó, se levantó de la butaca y entró en el cuarto de su hijo.

A través de las lágrimas comprobó lo rápidamente que había crecido.





44. Meteoros


Dos minutos después de salir del estudio donde presentaba el parte meteorológico de la noche, ya estaba frente al vaso de whisky con hielo, girándolo lentamente y renovando, como cada noche, el estrépito del fracaso de su vida. Lejos quedaban las ilusiones del teatro independiente, los eternos castings, sus pinitos en el arte conceptual, sus tres novelas inacabadas, sus viajes con amores inconclusos... ¡Qué paradoja!, acabar haciendo predicciones, precisamente él, que jamás había podido predecirse a sí mismo un solo avatar de su vida. Aquella noche predijo un tiempo despejado, sin riesgo de precipitaciones, como habitualmente llaman a la lluvia los hombres del tiempo. Cuando se dirigía a su coche tras apurar la última copa, en la explanada del estacionamiento le sorprendió el olor a tormenta, el viento intempestivo y el relámpago previos a caer fulminado por un rayo que le calcinó de la cabeza a los pies en una décima de segundo.





lunes, 9 de febrero de 2015

43. Animalillos


El golpe en la nuca, eso fue lo que hizo que perdiera el conocimiento y es lo que me impide ahora abrir los ojos y mover los miembros.

Tras la denodada lucha con el mar embravecido, sólo recuerdo que avisté un islote y después, un fuerte dolor en la nuca.

Debo estar tirado en la playa, pero no puedo moverme.

Siento, sin embargo, que recorren mis piernas y mi pecho un sin fin de lo que parecen insectos o pequeños roedores.

Suben y bajan, ahora también pos mis brazos y por mi cara.

¡Oh, Dios! Es algo espantoso, no puedo apartarlos de mí.

Los oigo, hacen un ruido articulado, incomprensible y ajeno a todo sonido conocido.

Hurgan por todo mi cuerpo.

Si al menos pudiera abrir los ojos..., pero aún sería más horrible.

¿Qué clase de espantosos animalillos comenzará a devorarme de un momento a otro?

Moriré de una manera atroz, mis restos quedarán esparcidos por la playa y jamás reposarán junto a mis antepasados, en el panteón familiar de los Gulliver.





42. Trabajo y revolución


El abanderado lucía orgulloso el estandarte al frente del pelotón de obreros.

Frente a él, y a caballo, con su impecable uniforme, desenvainaba la espada el capitán de la guardia de asalto.

Ambos grupos se detuvieron a corta distancia, se escudriñaron, y al grito del abanderado, se arrojaron violentamente los unos sobre los otros.

Muy lejos de allí, una operaria de una fábrica textil, tintaba en rojo una pieza de paño que sería utilizada para la confección de banderas o gallardetes.

Otro obrero, también lejos, doblegaba al fuego la ígnea lámina de acero con la que se manufacturaban bellas espadas para el ejército.

Es bonito saber que tu trabajo tiene un porqué, una utilidad para la sociedad.

Por ejemplo, reconforta al empleado de limpieza del ayuntamiento retirar con su escobón los feos regueros de sangre que deja sobre la nieve el mantenimiento del orden público.

Así queda todo como si nada, todo limpio y todo en orden.





domingo, 8 de febrero de 2015

41. La invasión


Ramiro, un ciudadano modelo en todos los aspectos, fue detenido tras serle incautado por la policía un arsenal de armas y explosivos escondido en el sótano de su vivienda. En las dependencias policiales confesó que pretendía sólo protegerse del peligro inminente de una invasión extraterrestre, circunstancia que le había sido revelada por un grupo disidente de los alienígenas invasores. Con gran rapidez, el teniente a cargo del caso puso la valiosa información en mano de los ministerios de Defensa e Interior que, a su vez, dieron la voz de alarma en los estamentos internacionales oportunos: ONU, OTAN, Pentágono... Los dispositivos de defensa de todas las naciones, alertados y puestos en guardia, no tuvieron excesivas dificultades en detectar y desactivar la invasión de naves extraterrestres que, efectivamente, tuvo lugar a las 8.05 de la mañana del día 14 de mayo y que, gracias a Ramiro, pudo ser abortada en su totalidad.





40. La mancha


... palabra que comienza por "c" y acaba en "o", cinco letras; si al menos pudiera leer la pregunta cinco vertical del crucigrama..., y sólo quedan cinco minutos para las cinco. No hay forma de ver a través de la mancha de tinta que el maldito rotulador ha dejado al reventar por el calor o yo qué sé por qué; tenía que reventar precisamente hoy, cinco de mayo, el día de mi quinto intento para entrar en el club de crucigramistas mejor de toda la ciudad. Los demás postulantes, cinco son, ya han terminado y para colmo, no sé contestar a la cinco horizontal que me ayudaría a formar la palabra. Por más que pongo mis cinco sentidos en la mancha no puedo intuir las palabras que cubre. Todos mis oponentes dilucidando la respuesta y yo dilucidando la pregunta. Cinco minutos más y la paradoja me habrá dejado otros cinco años a la espera de entrar en el club. ¡Qué digo cinco minutos!, ya sólo son cinco segundos; tic tac, tic tac, tic tac, tic tac, tic, tac...





sábado, 7 de febrero de 2015

39. Insomnio


El insomnio es mi nocturno compañero desde hace largos años. Digo compañero y no amigo, porque su compañía nunca me aportó nada bueno, incluso podría ser que fuera peor persona desde que lo conozco.

Esta noche casi no me ha abandonado un solo instante, y he pensado mucho y mal.

De noche, siempre acuden los pensamientos equivocados, alterados, algo febriles.

Las mañanas, las paso cansado, el ánimo deprimido, las esperanzas aquietadas.

Pero esta noche será distinta a todas. Hoy sabrá el insomnio quién soy yo. Si el trabajo nocturno le agrada, hoy no dará a basto. La ciudad entera velará y mi compañero tendrá que visitar todas y cada una de las casas de la ciudad para impedir el sueño de cada romano.


Esta noche yo, Nerón, Emperador de Roma, prenderé fuego a la ciudad y, quizás, al alba, un ligero sopor inunde mis sentidos y un suave y confortable sueño repare mis crueles horas de vela interminable.





38. Vocación



El psicoterapéuta miró su reloj.

- Una cita más y se acabó por hoy, se dijo.

Sonia, menuda y asustadiza, se sentó frente a él. Al instante rompió en sollozos. Su novio la había humillado, vejado y abandonado para irse con su mejor amiga. El mundo y la vida habían acabado para ella. Lo ratificaría esta misma noche con dos frascos de barbitúricos si Juan no lograba convencerla de lo contrario.

Juan era un buen profesional y sabía que podía ayudar a Sonia a no dar tan terrible paso.

A las dos horas, ella abandonaba la consulta con un proyecto y una esperanza de vida muy diferentes del caos emocional en que se encontraba a la llegada.

Juan, por el contrario, estaba algo confuso por el retraso.

Había programado matar a su mujer a las 22 horas, y eran las 22.15 cuando salía de la consulta.

El trabajo le absorbía demasiado.

Su mujer se lo decía siempre.









domingo, 1 de febrero de 2015

37. Gitanos


Los gitanos están tristes alrededor del fuego.

No cantan ni tocan la guitarra.

Los gitanos, cuando están tristes, no lo saben.

Sólo saben que algo les quema por dentro, y necesitan que la violencia los libere para poder seguir viviendo.

Entonces se encanallan con otros gitanos.

Y alguien muere.

Todos ellos arman el coro y el drama, oscurecen los juzgados, colorean los servicios de urgencias y distorsionan los tranquilos cementerios.

Son una gente rara.

Son egipcios fuera de su época.

Una vez que dejan de estar tristes, vuelven al fuego. Pero esta vez para cantar, bailar, beber vino y comer.

Cada nueva tristeza costará la vida de un gitano.

Tan simétrico el compás de palmas como el compás de muerte.

La luna, aunque ellos digan lo contrario, nuca los mira.