Los gitanos
están tristes alrededor del fuego.
No cantan ni
tocan la guitarra.
Los gitanos,
cuando están tristes, no lo saben.
Sólo saben que
algo les quema por dentro, y necesitan que la violencia los libere para poder
seguir viviendo.
Entonces se
encanallan con otros gitanos.
Y alguien
muere.
Todos ellos
arman el coro y el drama, oscurecen los juzgados, colorean los servicios de
urgencias y distorsionan los tranquilos cementerios.
Son una gente
rara.
Son egipcios
fuera de su época.
Una vez que
dejan de estar tristes, vuelven al fuego. Pero esta vez para cantar, bailar,
beber vino y comer.
Cada nueva tristeza
costará la vida de un gitano.
Tan simétrico
el compás de palmas como el compás de muerte.
La luna,
aunque ellos digan lo contrario, nuca los mira.

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