Dos
minutos después de salir del estudio donde presentaba el parte meteorológico de
la noche, ya estaba frente al vaso de whisky con hielo, girándolo lentamente y
renovando, como cada noche, el estrépito del fracaso de su vida. Lejos quedaban
las ilusiones del teatro independiente, los eternos castings, sus
pinitos en el arte conceptual, sus tres novelas inacabadas, sus viajes con
amores inconclusos... ¡Qué paradoja!, acabar haciendo predicciones,
precisamente él, que jamás había podido predecirse a sí mismo un solo avatar de
su vida. Aquella noche predijo un tiempo despejado, sin riesgo de precipitaciones,
como habitualmente llaman a la lluvia los hombres del tiempo. Cuando se dirigía
a su coche tras apurar la última copa, en la explanada del estacionamiento le
sorprendió el olor a tormenta, el viento intempestivo y el relámpago previos a caer
fulminado por un rayo que le calcinó de la cabeza a los pies en una décima de
segundo.

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