Sor Inés de la Concepción no se
llamaba así. Su nombre era Ngunde Wani y nació hace veintiocho años en Kenia.
Se ordenó a los veintidós y fue enviada a un convento de la vieja Europa, para
evitarle los peligros de una guerra civil cerca del poblado donde trabajaba.
Cuando los
nazis entraron en la ciudad, arrasaron las iglesias y mataron a muchos
religiosos. Ella escapó a través de los bosques y se escondió durante semanas
en oscuras oquedades, comió lo que cazaba y bebió agua del río. Fue entonces
cuando comenzó a oír las voces sincopadas y familiares de sus antiguos dioses,
y no pudo sino hacer con barro dos figurillas semi-humanas y adorarlas y
salmodiarlas en su lengua dulce y melodiosa.
Al acabar la
contienda mundial, cerca de la frontera entre Francia y Bélgica, en lo que se
llamaría la Línea
Maginot , empezó a correr la leyenda de la ninfa negra del
bosque. Muchos campesinos decían haberla visto. Hablaban de una mujer de ébano,
casi desnuda, provista de una especie de lanza hecha con una rama de árbol, que
corría y gritaba y lanzaba puñados de tierra al aire en una especie de aquelarre
místico y pagano desenfreno.

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