En el calor
oscuro de la ciénaga, los sapos nos hallamos a nuestras anchas. La humedad es
acogedora, el alimento está por doquier, al alcance de la lengua, y nuestros
enemigos, aunque numerosos, prefieren piezas más pequeñas; nosotros somos
gordos y de sabor amargo, nada apetecibles. Tan solo debemos cuidarnos de la
mamba negra, de la que constituimos su plato favorito. Y éste es el hecho en el
que estamos y al que voy a referirme en mi relato: me hallo en una pequeña
charca rodeado de cuatro mambas negras. Es, bajo toda evidencia, una situación
desesperada. Como protagonista de esta pequeña fábula me gustaría sorprenderles
con un final inesperado o moralmente edificante, pero lo único que puedo hacer
frente a las mambas es hinchar el buche hasta deformarme e intentar asustarlas,
pero ya conocen el truco. Esperan hasta que me deshinche, se abalanzan sobre mí
y me comen. Ahora, lo único sorprendente es que estén leyendo ustedes las
memorias de un sapo amargo devorado por cuatro mambas negras: los sapos muertos
no hablan, los sapos muertos no escriben memorias.

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