Desde muy
pequeño robaba libros. Comenzó a la edad de cinco años con aquellos cuentos de
quiosco con muchos colorines y formas de conejito, de seta o de margarita.
Luego se adentró en claustros más académicos, donde hizo estragos en más de una
biblioteca universitaria o pública. Las librerías propiamente dichas comenzaron
a verse ultrajadas cuando acabó sus estudios de bachiller. Y ya de adulto,
llegó a ser un exquisito coleccionista, un auténtico bibliófilo, pasión que
dejó muy deprimida alguna que otra librería de viejo. Jamás en su vida compró
un solo ejemplar de su extensa biblioteca. Jamás en su vida leyó ninguno de
aquellos libros. La lectura le parecía una absoluta pérdida de tiempo para el
ser humano. El hombre era y debía de ser acción, dinamismo, movimiento
perpetuo, energía en estado puro. Pero la belleza subyugadora de un libro lo
arrebató desde su infancia, y la belleza comprada no es belleza, la belleza,
como el amor, debe ser arrebatada y poseída, arrancada, raptada de su dueño
natural y contemplada hasta el éxtasis.
Un día, su amor por ellos, por
los libros, lo llevó al punto final, al punto sin retorno que tan sólo el fuego
es capaz de entablar entre dos amantes.

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