viernes, 27 de febrero de 2015

61. Libros


Desde muy pequeño robaba libros. Comenzó a la edad de cinco años con aquellos cuentos de quiosco con muchos colorines y formas de conejito, de seta o de margarita. Luego se adentró en claustros más académicos, donde hizo estragos en más de una biblioteca universitaria o pública. Las librerías propiamente dichas comenzaron a verse ultrajadas cuando acabó sus estudios de bachiller. Y ya de adulto, llegó a ser un exquisito coleccionista, un auténtico bibliófilo, pasión que dejó muy deprimida alguna que otra librería de viejo. Jamás en su vida compró un solo ejemplar de su extensa biblioteca. Jamás en su vida leyó ninguno de aquellos libros. La lectura le parecía una absoluta pérdida de tiempo para el ser humano. El hombre era y debía de ser acción, dinamismo, movimiento perpetuo, energía en estado puro. Pero la belleza subyugadora de un libro lo arrebató desde su infancia, y la belleza comprada no es belleza, la belleza, como el amor, debe ser arrebatada y poseída, arrancada, raptada de su dueño natural y contemplada hasta el éxtasis.

Un día, su amor por ellos, por los libros, lo llevó al punto final, al punto sin retorno que tan sólo el fuego es capaz de entablar entre dos amantes.





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