Un pequeño
bichito de luz golpeaba y rodeaba una y otra vez la bombilla de manera
constante y divertida.
El trueno que
a continuación deflagró a poca distancia, dejó sin fluido eléctrico a todo el
barrio.
La luz se
apagó.
Todo quedó a
oscuras.
Aproveché para
acostarme, no sin antes apagar el interruptor por si la luz se restablecía
durante la noche.
A las dos
horas desperté sobresaltado por unas obsesivas y absurdas preguntas: ¿qué fue
del bichito de luz? ¿Cómo afectó a su vida el brusco corte del fluido eléctrico?
Pero la
verdadera pesadilla vino después, cuando me levanté, ya de día, y encontré al
pequeño insecto no alrededor de la bombilla, sino dentro, revoloteando alegre
en el hermético y vacío espacio interior.
Desde
entonces, soy yo el que da vueltas y vueltas alrededor de la inquietante
bombilla y su diminuto habitante, su pequeño y alado huésped.

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