Y los héroes
se dispersaron por la tierra después de la batalla. Muchos quedaron para
alimento de los buitres, pero aquellos a los que los dioses protegieron,
siguieron invictos el camino de los vencedores.
Al llegar a
sus casas pulieron los metales de guerra, engrasaron sus armas y las cubrieron
con mantas de lana protectora...
Sus mujeres
enjugaron sus heridas con ungüentos de plantas medicinales, y restañaron sus
crudos recuerdos con danzas melodiosas y caricias.
Comieron,
durmieron y rieron con sus hijos.
En otras
tierras, aquellas a donde llegaron los guerreros vencidos, se observó la misma
escena, pero en muchas casas tan sólo se pudo constatar la presencia de caras
de niños y mujeres con la sorpresa oscura de la decepción en sus rostros, y el
golpe seco que la ausencia amarga deja en las almas.
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