Y si ella
llegara a ser elegida, tampoco se lo voy a echar en cara. Al fin y al cabo es
compañera de partido y cada cual lucha por su cuota de poder y su desarrollo
personal y político fuera y dentro de esta sociedad competitiva y cruel. Si
ella jugó sucio y consiguió su nominación, vejándome en el comité con aquellas
cartas y fotos comprometedoras, he de reconocer que yo hubiera hecho algo
similar, si no peor. Nadie dijo que la política era campo limpio de rastrojos.
Luchamos como bárbaros en pos del poder que nos redima de serlo. Por eso no
debe importarme ni sonrojarme que sea mi madre la que ha pisoteado mi
prometedor futuro en el partido; debo, por el contrario, sentirme orgulloso de
su zarpazo demoledor, de poder sentirme reflejado en su elegante ignominia y de
saber que su sangre o la mía no se ha derramado en balde.

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