Cuando
vio las sillas de la sala de espera del consultorio vacías, respiró
profundamente, recogió el maletín y se fue a casa. Al llegar, su mujer dormía
en la mecedora, balanceándose tenuemente al compás de una música minúscula e
insonora. Se sentó en el pequeño escabel que estaba frente a ella y pasó la
siguiente media hora mirándola, con el arrobo infinito de la veneración,
temblando un poco, con lágrimas que se aferraban a sus ojos sin derramarse
nunca, también sonriendo en un gesto de ternura ardorosa. Luego se levantó y
acercó los labios a su frente. Ella despertó. Con mirada de furia le afrentó:
“¡Viejo de mierda, quita tu asquerosa boca de mi cara, no vuelvas a tocarme aprovechándote
que duermo! Él bajó sumiso la mirada y se dirigió a la cocina. Preparó la cena,
la comieron en silencio, vieron un rato la televisión y se acostaron. Hoy era
su cumpleaños, sesenta y cinco años. Mañana comenzaba su jubilación.

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