viernes, 23 de enero de 2015

25. Un japonés


El soldado japonés siguió con la mirada a su comandante que, con precisión castrense, diseñaba en el plano la estrategia del regimiento en el que él estaba y que debía acometer la misión suicida que, si todo salía como el comandante esperaba, acabaría facilitando el feliz desembarco de las tropas niponas en las playas de aquella isla señalada al sur de Okinawa, de importancia capital para cambiar el signo de derrota que iba tomando la guerra para su ejército.

Gran honor sin duda morir por tu patria, morir por unos ideales, por un modo de vida, por una cultura, por un modo de sociedad fuera de todo vasallaje, por la libertad de someterse a aquellos que deciden el fin de tu existencia.

Por todo ello fue por lo que la noche señalada, un japonés intrépido atravesó veloz la neblina que ocultaba en parte las alambradas de las líneas enemigas gritando con palabras incomprensibles su rendición incondicional.

Hoy, a sus noventa años, apacienta en un pueblito al sur de Milwaukee un muy notable rebaño de nietos.





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