El soldado
japonés siguió con la mirada a su comandante que, con precisión castrense,
diseñaba en el plano la estrategia del regimiento en el que él estaba y que
debía acometer la misión suicida que, si todo salía como el comandante
esperaba, acabaría facilitando el feliz desembarco de las tropas niponas en las
playas de aquella isla señalada al sur de Okinawa, de importancia capital para
cambiar el signo de derrota que iba tomando la guerra para su ejército.
Gran honor sin
duda morir por tu patria, morir por unos ideales, por un modo de vida, por una
cultura, por un modo de sociedad fuera de todo vasallaje, por la libertad de
someterse a aquellos que deciden el fin de tu existencia.
Por todo ello
fue por lo que la noche señalada, un japonés intrépido atravesó veloz la
neblina que ocultaba en parte las alambradas de las líneas enemigas gritando
con palabras incomprensibles su rendición incondicional.
Hoy, a sus noventa años,
apacienta en un pueblito al sur de Milwaukee un muy notable rebaño de nietos.

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