Hoy de mañana,
y como todos los días, viene un cuervo blanco como el carbón a posarse en el
quicio de mi ventana.
Hoy, como
siempre, un frío abrasador como un sol nocturno calienta mi cara y mis jóvenes
manos de viejo decrépito.
Hoy me siento
feliz como cualquier interno del corredor de la muerte, y amo a mis congéneres
con un odio fiero y angelical.
Me abandono en
esta otoñal mañana de primavera, arrastrado por la violenta brisa del Norte
que, en el Sur septentrional, es blanda como el pedernal y lóbrega como un
palacio de cristal.
Hoy, como
primer día de mi nueva vida sin medicación, avanzo en el acuerdo personal de la
suma aceptación del yo, de mi yo, y como primer paso, acepto plenamente todas y
cada una de mis contradicciones, y las contradicciones de la vida.
Es por ello por lo que me
dispongo a matar al cartero.

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