El camarero me
miró con mala cara. Yo me hallaba con un ánimo alegre y a él parecía no
gustarle demasiado el clima, o su trabajo, o qué sé yo.
Cuando nos
dispararon a los dos hubo una fracción de segundo en que volvimos a
intercambiar una mirada, la suya de asombro, la mía de tristeza.
Siempre me
pongo triste cuando me disparan.
He vuelto a
tener suerte. El camarero malhumorado también. Estamos hospitalizados en la
misma habitación y hemos tenido que responder a un montón de preguntas.
Era a mí a
quien buscaban.
No nos hemos
dirigido la palabra, aunque sí nos hemos mirado fugazmente en algún momento.
Él está con un
ánimo alegre, y a mí ya me está cansando el clima de esta ciudad, y mi trabajo
ya no me llena de satisfacción como cuando era joven.
Sigo sin comprender la sonrisa
estúpida de este camarero.

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