No
siempre Felipe tenía cosas que decir. Y eso le preocupaba. Era como si se
quedara de pronto y para siempre vacío, sin nada que expresar, sin nada que
comunicar a los demás que, por otra parte, parecían no reparar en la situación en
que Felipe se hallaba. A ellos no les alteraba su estado de ánimo, su silencio.
Pasaban a su lado, estaban con él como siempre habían estado, pero no sufrían
por la ausencia pasajera de contacto verbal con él. Un día Felipe empezó a
decir las mismas frases educadas y anodinas que escuchaba a diario a los demás.
Eso le mejoró su estado de ansiedad considerablemente, aunque nunca alcanzó a
comprender la tendencia que adquirió a partir de entonces a comprarse trajes
grises en días grises de grises nubarrones.

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