El sudor me
delata.
Domino todos
mis músculos, su tensión; todos mis movimientos, naturales y relajados; todos
mis gestos, precisos y elegantes; hasta el pulso, firme como el de un muerto.
Pero esta
ridícula gota de sudor no se complace en discurrir por mi espina dorsal, no:
¡ha de hacerlo sobre el dorso de mi nariz hasta quedar colgando de la punta
como la última y renuente gota del grifo que ya dejó de gotear!
Y allí se
mantiene con un vaivén diminuto y rítmico, cosquilleante.
¿Cómo hacer
para quitarme la maldita gota que ya empieza a ser visible, a convertirse en
centro de atención de todas las miradas?
Mi apostura,
mi aplomo, la seguridad que mi conducta corporal denota eran mi salvación, pero
no contaba con esta pequeña concreción húmeda en mi nariz que acabará con toda
mi estrategia, con la esperanza para que el jurado falle un veredicto de
inocencia.
Si al menos me hubieran
esposado con las manos hacia delante...

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