sábado, 31 de enero de 2015

34. La gota


El sudor me delata.

Domino todos mis músculos, su tensión; todos mis movimientos, naturales y relajados; todos mis gestos, precisos y elegantes; hasta el pulso, firme como el de un muerto.

Pero esta ridícula gota de sudor no se complace en discurrir por mi espina dorsal, no: ¡ha de hacerlo sobre el dorso de mi nariz hasta quedar colgando de la punta como la última y renuente gota del grifo que ya dejó de gotear!

Y allí se mantiene con un vaivén diminuto y rítmico, cosquilleante.

¿Cómo hacer para quitarme la maldita gota que ya empieza a ser visible, a convertirse en centro de atención de todas las miradas?

Mi apostura, mi aplomo, la seguridad que mi conducta corporal denota eran mi salvación, pero no contaba con esta pequeña concreción húmeda en mi nariz que acabará con toda mi estrategia, con la esperanza para que el jurado falle un veredicto de inocencia.

Si al menos me hubieran esposado con las manos hacia delante...





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