Las gafas no
dejaban ver sus ojos. Nunca se las quitaba. Eran oscuras y tan ahumadas que
resultaba difícil imaginar cómo podía desenvolverse en lugares que no
estuvieran a plena luz del día. Sospechábamos que tenía un defecto, un
desagradable estrabismo o alguna falta de simetría orbitaria, daba igual,
ninguna de nosotras podía asegurarlo. El día que por un accidente fortuito (¿existirá alguno
que no lo sea?) contemplamos su rostro al completo, quedamos absolutamente
maravilladas. Porque nunca imaginamos que hubiera en el mundo unos ojos de un
violeta tan intenso en un hombre; porque tal expresión en la mirada declaraba a
todas luces que aquel hombre no sólo era único, era un semidiós de mirada olímpica,
celestial. Sabemos que las mariposas no debemos introducirnos en los hogares,
que estamos hechas para el campo, pero algunas compañeras y yo nos aventuramos
a través de las floreadas cortinas para espiar al hombre de las lentes
ahumadas, al hombre del bastoncito blanco y largo que golpeaba un poquito todas
las cosas que le salían al paso, cuando caminaba de camino al parque o del
parque a aquella casa, la de las ventanas con las cortinas de flores tan
bonitas.

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