martes, 27 de enero de 2015

29. Espías


Las gafas no dejaban ver sus ojos. Nunca se las quitaba. Eran oscuras y tan ahumadas que resultaba difícil imaginar cómo podía desenvolverse en lugares que no estuvieran a plena luz del día. Sospechábamos que tenía un defecto, un desagradable estrabismo o alguna falta de simetría orbitaria, daba igual, ninguna de nosotras podía asegurarlo. El día que por un accidente fortuito (¿existirá alguno que no lo sea?) contemplamos su rostro al completo, quedamos absolutamente maravilladas. Porque nunca imaginamos que hubiera en el mundo unos ojos de un violeta tan intenso en un hombre; porque tal expresión en la mirada declaraba a todas luces que aquel hombre no sólo era único, era un semidiós de mirada olímpica, celestial. Sabemos que las mariposas no debemos introducirnos en los hogares, que estamos hechas para el campo, pero algunas compañeras y yo nos aventuramos a través de las floreadas cortinas para espiar al hombre de las lentes ahumadas, al hombre del bastoncito blanco y largo que golpeaba un poquito todas las cosas que le salían al paso, cuando caminaba de camino al parque o del parque a aquella casa, la de las ventanas con las cortinas de flores tan bonitas.





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