La
novia lloraba al fin con lágrimas de desesperación. Habían brotado ya las lágrimas del nerviosismo, las lágrimas de la
rabia y las lágrimas de la amargura. El novio ya no vendría; habían pasado dos
horas, tiempo más que suficiente para justificar cualquier imprevisto. La
expectación por conocer al novio se fue disipando entre los invitados. Casi
todo el noviazgo lo pasaron carteándose y apenas estuvieron juntos en una o dos
ocasiones. Se fijó el día de la boda. Por fin la familia de ella conocería al
elegido de su amor. Pero nada pudo ser. Entre las damas de honor la llevaron a
casa y la arroparon de afecto en aquellos duros momentos. A los cinco días, sin
embargo, despertó la despechada novia con nuevos bríos y con el ánimo
ciertamente restablecido. Si aquel novio díscolo que se inventó no acudió el
día señalado, el próximo, seguro que sería puntual.

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