Me
quedan cinco minutos para que venga el funcionario y sigo sin acordarme del
título de aquella película de los años treinta o cuarenta que vimos juntos en
el Riviera. Recuerdo que trabajaba Myrna Loy y que llevaba unos sombreros
pequeños y algo ridículos. Incluso podría tararear la canción que ella le
susurra a su galán en el balcón de aquella mansión de Palm Beach. El nombre de
la película es lo que se me escapa. Voy a tener que irme con la duda. El
sacerdote que me ha confesado tampoco se acordaba (los curas van muy poco al cine,
ya se sabe) y el oficial que me administrará la inyección letal no tiene
aspecto de gustarle el séptimo arte. Era algo así como “El arte de vivir” o “Melodía
de la vida”, ¡Ay, qué coraje!

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