¡Qué cansado
me encuentro!
El sol de
agosto abruma demasiado para cavar y cavar y después tapar y tapar lo que se ha
excavado antes.
La gente
debería morirse y enterrarse siempre de noche, con el frescor dulce de la luna,
bajo el aroma quieto del ciprés.
Este calor,
sin embargo, es inhumano e injusto.
¡Pobre hombre!
¡Pobre enterrador!
A ver si acaba
ya de una vez de arrojar sobre mi rostro la última paletada de tierra y puede
ir a refrescarse y solazarse a casa con los suyos.

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