Cuando ya no
puedo más es cuando se me ocurre que podría rezar, y rezo, no mucho, pero con
devoción, sin mucha esperanza, que es como hay que rezar. Luego ya no vuelvo a
rezar hasta que las cosas empiezan a ir otra vez mal. Intento primero
solucionarlas, pero cuando se tuercen de verdad y empiezan a depositarse
pesadumbres en mi pecho, vuelve la idea de la oración. Lo malo es que no sé a
ciencia cierta a quién rezo o a quién podría rezar. Pero es que no tengo más
remedio, no tengo otra cosa a la que asirme. Son las incertidumbres y pesares
de los hombres lo que me pone así.
Ser Dios no es
tan bueno.
Nunca he sabido, ni sé, ni sabré
a quién dirigir mis oraciones.

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