Sólo sabía
comenzar sus escritos.
Un arranque de
novela soberbio, unos versos primeros excelsos para un prometedor poema, los brillantes
diálogos de un drama conmovedor...
Pero luego
llegaba el desánimo, el hastío, la rutina del desarrollo que le hacía desistir
mucho antes de que intuyese el desenlace.
Para colmo,
hoy que estaba especialmente motivado en su escritura, ha de atender a los medios: es su cumpleaños. Prensa, radio,
televisión... Como el año pasado, todos quieren festejar y volver a
homenajearle al cumplir sus ciento cincuenta y un años de vida.
Ser el hombre más viejo del
mundo no ayuda a terminar una maldita novela.

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