Y el gordo
bajito del mariachi, el del guitarrón, fue el más valiente de todos.
Ricardito Rey
se llamaba. Reía más que respiraba y quería tanto como era querido.
Cuando llegaron los soldados
se acabó la fiesta en la aldea. Tras los primeros fusilamientos dejó de oírse
hasta el viento en la copa de los árboles. De madrugada empezó a retumbar el
aire poco a poco, de manera sorda y rítmica. Era Ricardito Rey, que con las
cuerdas del guitarrón aquietaba el canto del gallo y ponía el contrapunto a sus
últimos pasos en esta vida, camino de la tapia del cementerio chiquito que
dominaba la aldea desde una loma empedrada de hojarasca. Su último latido se
rompió con la última nota de su guitarra, y es que Ricardito siguió siempre
siendo, y hasta el final, El Rey.

No hay comentarios:
Publicar un comentario