La limpiadora
comprobó que no había nadie en los despachos y cerró las puertas con llave,
mientras Juan se refrescaba las manos y la cara en el lavabo de los servicios.
Le quedaba aún una dura tarea que resolver y el informe debía estar en el
despacho del gerente a las ocho de la mañana. Se quedaría trabajando toda la
noche. Al regresar y comprobar que la puerta estaba cerrada se desesperó.
No había nadie
en el edificio de oficinas.
Poco a poco la
desesperación dio paso a lo que primero fue una mueca, luego un principio de
sonrisa, y más tarde, un brillo entre malicioso y sabio apareció en sus ojos.

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