Y sonó el
despertador por segunda vez.
Con rapidez se
duchó, se vistió y llegó a la estación casi a punto de perder el tren.
El arma le
apretaba en el vientre.
Vio al hombre.
Vio su nuca.
Y disparó.
Luego vino el
aterrado clamor de los viajeros; los desmayos de los testigos; el llanto
histérico de las estudiantes... Eso era lo que peor llevaba.
Él cumplía un
trabajo, nada más, pero los gritos y llantos y el terror colectivo de la gente
del vagón le partían los oídos por dentro y le hacían insoportable la espera
hasta la siguiente estación.
No aguantaría
los tres minutos que faltaban.
Ahora sí que
iban a recordar aquel viaje.
Se introdujo
el cañón de la pistola en la boca y...

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