Yo le rehuía
ya por costumbre.
Sebastián era
de esa clase de personas que, sin molestar, molestan, que inquietan con su sola
presencia, sin hacer ni decir nada, así, con el simple hecho de estar cerca.
Buena persona, incluso colaboradora, quizás algo servil, pero con el halo
indefinible del que cae mal por naturaleza. Y lo peor era que iba dejando un
sentimiento de culpa inexpresable en los demás.
Muchas veces
en los periódicos aparece la noticia del hallazgo de un hombre asesinado, al
que nadie consideraba capaz de tener enemigos.
Casi siempre se llaman
Sebastián o algún otro nombre parecido.

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