El que habla
con fantasmas llega a perder el miedo siempre que lo haga de manera habitual.
Sin embargo, el trato cotidiano con fantasmas no convierte esa relación en
doméstica y normal; siempre queda un regusto de asco, cosa comprensible, por lo
demás, pues un fantasma no deja de ser un muerto, y un muerto siempre es algo
repulsivo. Además, el trato con fantasmas nos rebaja un poco, como si nuestra
presencia la toleraran por una especie de parecido o afinidad con ellos.
Esto es lo que pensaba. Ahora,
cuando atravieso un muro para hablar con algún vivo, me da un cierto reparo,
pero no puedo hacer otra cosa. Los fantasmas no podemos hablar entre nosotros.

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