Vencer el
dolor de las piernas, la pendiente imposible de la carretera.
Vicente pensaba
que podía superarlo, superarse.
La bicicleta
obedecía a la fuerza de los músculos de sus piernas, que se hallaban a punto de
estallar.
El fuelle de
sus pulmones ayudaba todo lo que podía.
Ya la meta se
atisbaba; tan solo doscientos metros le separaban de la ansiada cima.
Miró hacia
atrás. No veía a ninguno de los corredores.
El sudor le
escocía en los ojos.
Cincuenta,
treinta, veinte metros.
La pedalada
final.
Los brazos en
alto.
Pero ya casi
nadie en la meta se fijó en él.
Nadie se fija en el corredor
que llega en último lugar.

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