“Daos
fraternalmente la paz”.
Y Pedro se
giró a la derecha con la mano extendida.
Con el rostro
demudado y el corazón paralizado se encontró estrechando la mano al causante de
la muerte de su hijo —aquel domingo de mayo, aquel semáforo en ámbar, aquel niño
que vacila, aquel conductor imprudente—.
Pedro no se ve reconocido, los
años y el dolor han metamorfoseado su rostro aunque, pronto, se da cuenta de que
tras la sonrisa del hombre hay unos ojos ciegos que miran a la nada, y aprecia
que la mano que acoge la suya tiembla con intensidad, y que esa mano lleva en
el dedo anular dos alianzas, y que una gasita cubre la laringe perforada del
hombre.

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