Era mi primer
salto. La altura, correcta; el equipo, exhaustivamente revisado; el viento,
óptimo; y los ánimos, en su cima de excitación.
A los veinte
segundos de haber saltado del avión sujeté con fuerza la anilla de apertura del
paracaídas para tirar de ella.
Los segundos pasaban y la distancia que faltaba para llegar a tierra se iba acortando velozmente.
Pero yo no
accionaba el mecanismo de apertura.
Comencé
realmente a disfrutar. Comencé realmente a valorar cada fracción de tiempo de
mi vida, a vivirla en plenitud. La inminencia del impacto me hacía beber hasta
la última gota el cáliz de la efímera existencia.
No obstante,
antes del límite, accioné el mecanismo y el paracaídas se abrió.
Después vino
el aterrizaje en medio de aquella carretera comarcal, justo en el momento en
que circulaba por ella el tractor que pasó sobre mi columna vertebral, quebrándola, y dejándome con esta paraplejia irreversible para el resto de mi vida...
Inmóvil...
Desesperado...
Y sumamente enfadado con el devenir de las cosas...
Desesperado...
Y sumamente enfadado con el devenir de las cosas...

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