Se le iban
acumulando los libros. El afán por leer se había convertido para él en una dura
obsesión. A ello se añadía su exasperante lentitud para la lectura, apenas
veinte páginas al día. Sus proyectos se expandían a conocer, al menos en parte,
no sólo los diferentes estilos literarios, sino la literatura de todas las
épocas y de todas las culturas y países. Llegó incluso a calcular su probable
esperanza de vida y los libros que le daría tiempo leer hasta el día de su
muerte. Era un número exasperantemente reducido de volúmenes. Debería escoger
muy bien a partir de ahora para, al menos, llevarse lo esencial de la
literatura al más allá
Un día se cruzó
en el pasillo de su casa con un joven de ojos azules que le resultó vagamente
familiar; llevaba un libro bajo el brazo, él le preguntó por el título y el
muchacho, tomando el libro, se lo ofreció.
Era un libro
blanco, sin título, con todas las páginas también en blanco.
Luego se
despertó, se levantó de la butaca y entró en el cuarto de su hijo.
A través de las lágrimas
comprobó lo rápidamente que había crecido.

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