El parque
temático era más o menos como todos.
Sin embargo
era extraño que no hubiera niños.
De las
atracciones sólo entraban y salían adultos con las caras sonrientes. Los
espectáculos y desfiles eran propios para niños y adolescentes. Yo mismo me
hallaba allí disfrutando mientras mis hijos prefirieron ir a casa de unos
amigos.
A la salida,
niños vestidos de policía intentaban reprimir una manifestación de niños vestidos
de obreros de la construcción. Unas niñas pintarrajeadas y vestidas como
prostitutas fumaban y miraban desdeñosas la refriega. Calle arriba se veían
niños disparando a quemarropa a otros niños que yacían de rodillas con las
manos atadas a la espalda.
Volví sobre
mis pasos.
En la taquilla
del parque solicité una entrada para el día siguiente y me informé sobre el
pase de temporada.
La niña que me
atendió a través de la ventanilla, jugueteando con el bolígrafo entre los
labios, dejó caer sobre mí, cuando me
retiraba, una mirada que me pareció, cuando menos, lasciva.

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