Érase una vez
un cuervo blanco y una paloma negra que, muy tristes, se contemplaban en las
aguas de un remanso del río.
No querían que
la imagen reflejada fuera así.
Descontentos,
volaban muy bajo y sin mirar, avergonzados, a las demás aves del campo. Los
cuervos que los sobrevolaban con su altiva negritud y las palomas que lo mismo
hacían con su etérea blancura dejaban caer sus risas burlonas sobre las alas de
la atribulada pareja que, escondiéndose en el bosque, dormitaban sus complejos
en las sombras del follaje.
“Yo no
quisiera ser así”, decía el cuervo.
“Yo tampoco
quisiera ser como soy”, decía la paloma.
A la noche
siguiente pusieron en práctica un notable y asesino plan: la paloma mató a un
cuervo, y el cuervo mató a una paloma. Con sus hábiles picos desplumaron los
cadáveres y se hicieron, con resina y el plumón arrancado, un bonito disfraz de
cuervo, que se puso la paloma y uno de paloma que se puso el cuervo.
Durante un día
fueron lo que querían ser.
Luego se suicidaron.

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