Se metió el
segundo pico del día. Le costó la vida punzar la vena que alambreaba por su
antebrazo. Dormitando el sueño narcótico se despreocupó de las ratas que
hurgaban la bolsa de basura a sus pies. A las dos horas se levantó y compartió
dos litronas calientes con los colegas y un polvo frío con una yonqui
forastera.
Cada doce
horas sentía el arañazo compulsivo del deseo insatisfecho en su cabeza y en su
vientre. El último billete para la última dosis y después, ¿qué?, después nada,
absolutamente nada. ¿Qué puede haber después del cielo? Nada. Si había que
matar para conseguir heroína, se mataba. La única vía de salida para un enfermo
terminal como él era romper con toda atadura moral.
Dios no
existe, pero el cielo sí.
La última imagen que le quedó
grabada en la retina fue la figura de espaldas de la yonqui forastera que, tras
degollarlo con un cúter de oreja a oreja, le robó el último billete, aquel con
destino a los paraísos celestiales.

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